Desequilibrios

Hay tardes en las que estoy tan aburrida que me provoco una crisis existencial. Sí, ya sabéis, de las clásicas, de las de qué-hago-con-mi-vida y por-qué-he-echado-currículos-a-bufetes-si-se-suponía-que-iba-a-ser-redactora-de-The Guardian.

Como toda persona que haya leído un par de libros de autoayuda sabe, de entre los muchos mecanismos existentes para solucionar momentos críticos, uno es el rey: elaborar listas. Listas de las cosas que te hacen feliz cada día, listas de tus objetivos a corto-medio plazo…

Como a mí este tipo de lista me suena un poco a Diario de Bridget Jones, he adaptado el método. Mi mecanismo para alegrarme la jornada consiste básicamente en imaginar que soy una escritora de renombre y que me llaman de un famoso semanario porque están redactando un reportaje sobre los libros que influyeron en la forma de escribir de los grandes escritores del siglo XXI. Entonces me piden que comparta con ellos mi selección. Y yo, tras una introducción en la que, de forma breve, critico el afán simplificador de las listas, me lanzo: La ciudad y los perros, Verano, El chico de la última fila

Otra de mis modalidades de lista favorita es aquella en la que enumero las personas a las que dedicaré mi primer libro, mi segundo, mi tercero. (Creo que son esta clase de puerilidades las que te hacen darte cuenta de cuál es tu verdadera vocación. Mi abuelo, que fue juez y no podría haber sido otra cosa, tiene una lista de sus puñetas favoritas. ¿Hace falta añadir más?).

Cuando uno cumple una edad y no ha escrito ni un mísero cuento que valga la pena, trata de buscar consuelo. Ser mediocre es lo más normal

Pero, en fin, la niña de mis ojos, la favorita, es mi lista de los títulos más poéticos, más literarios, más evocadores de la literatura.

Cuando uno cumple una edad y no ha escrito ni un mísero cuento que valga la pena, trata de buscar consuelo: de entre todos los escritores que el mundo ha visto, solo Shakespeare, solo Salinger, solo Carver, han escrito cosas que me hagan sentir envidia. Ser mediocre es lo más normal.

No sé si a los demás les pasa, pero yo reconozco las cosas realmente buenas por el grado de rabia que me produce el hecho de que esa idea se le haya ocurrido a otro antes que a mí. Como podréis imaginar, los títulos de los libros son el blanco idóneo de mi envidia(¡¿Por qué?! ¿Por qué no se me ocurrió a mí, si solo hacía falta juntar tres, cuatro palabras?).

No seguiré retrasando el momento, os merecéis saber qué título ocupa el número uno en mi lista de las envidias: es El ruido y la furia, de William Faulkner.

Andaba yo anoche en duermevela, pensando cómo explicaros, curiosos lectores de terrae, cómo surge «el ruido y la furia».

Descubrí que no era la primera que se estaba volviendo loca por el viento

Entonces, un viento furioso comenzó a golpear, de forma insistente, contra mi ventana. Apartada ya del sueño, cercana ya a la crisis nerviosa, me levanté y… sí, me dispuse a investigar (¿pensando en la posibilidad de una lista futura?) sobre los vientos. Y descubrí que no era la primera que se estaba volviendo loca por su culpa.

Resulta que algunos científicos afirman que el malestar o el desequilibrio psíquico que sufren algunas personas se debe a los efectos del viento en ciertas zonas de la Tierra. Es lo que se llama efecto Föhn.

Este efecto se produce cuando una masa de aire tibio y húmedo choca contra una cordillera: el obstáculo desvía su trayectoria y el rápido ascenso del aire hace que este se enfríe, causando la consiguiente condensación y precipitación en barlovento. El aire continúa entonces su avance, supera la cúspide y se desliza por sotavento, convertido en un viento seco y frío. Al bajar hacia las planicies cálidas se evapora la humedad que le quedaba.

Este viento recalentado y deshidratado se esparce por los valles y puede llegar a aumentar la temperatura en 10º en solo unas horas. La fricción del viento hace que el aire experimente un aumento de cargas de iones positivos y escasa carga de ozono, causando descargas electromagnéticas.

Según los científicos, el cuerpo humano se comporta como una máquina bioeléctrica polarizada, sensible a la actividad electromagnética de su entorno. Mientras que los cargas negativas producen placidez, los iones positivos pueden causar depresión, dolores de cabeza, actitudes violentas…

Son múltiples las zonas geográficas donde se da este fenómeno: en el Alpenföhn (de donde viene el nombre), en las Montañas Rocosas de Norteamérica, en los Picos de Europa (Cantabria)…

Fue este viento el causante de la rápida expansión del incendio de consecuencias catastróficas que asoló la ciudad de Santander en febrero de 1941. Quién sabe si la mano que encendió la chispa no fue la de un hombre bajo los efectos de Föhn.

Hoy le hubiesen recomendado que hiciese listas para calmarse, entonces pudo ser su forma de expresar la furia.

Y sí, ya sé que os iba a hablar de Faulkner…pero cambió el viento. Queda pendiente.