Los sonidos malditos

El pintor que se enfrenta a un lienzo en blanco, sabe que tiene la posibilidad de utilizar todos los colores que desee para llenarlo, sin más límite que su habilidad para mezclar distintos pigmentos o el grosor de su cartera para adquirirlos. Cuando uno se sienta delante de un piano, puede hacerlo con la creencia que ante sí se despliegan todos los tonos que componen lo que conocemos como “música”. Si se trata de una persona curiosa, tal vez se pregunte si existe alguna nota más allá de la tecla más aguda del instrumento, o si algún tono podría ser tan grave como para salirse por la izquierda del mosaico blanco y negro. La respuesta, como se puede intuir, es afirmativa en ambos casos. Es más difícil, sin embargo, que nuestro pianista improvisado se plantee si existen sonidos cuyo hábitat se esconda entre dos teclas adyacentes del piano.

Y lo cierto es que sí existen. Y no pocos. De hecho, son tantos que seguramente nuestro pianista, igual que el genial Novecento interpretado por Tim Roth en la película italiana La leyenda del pianista en el océano, se desmayase por el vértigo de pensar la enorme cantidad de sonidos intermedios que la música desprecia. Pero esto no siempre ha sido así. O más bien, no siempre se han despreciado los mismos sonidos, ni hoy en día se desprecian los mismos en todo el globo. Porque elegir unos y descartar otros, eso parece imprescindible.

Para comprender mejor el asunto, necesitamos tener presentes algunas nociones básicas sobre el fenómeno físico del sonido. El sonido producido por una onda viene determinado por su frecuencia, cuya medida en el Sistema Internacional son los hertzios (Hz). A mayor frecuencia de onda, más agudo es el sonido que ésta emite. El espectro sonoro que el oído humano es capaz de percibir se extiende desde los 20 hasta los 20.000 Hz. Los sonidos cuya frecuencia no alcanza los 20 Hz se denominan infrasonidos, y aquellos que superan los 20.000 Hz reciben el nombre de ultrasonidos.

La paleta de un pianista solo tiene 88 colores, y él está condenado a no salirse de ellos jamás

La gran cantidad de frecuencias que se encuentran dentro de esta horquilla que podemos percibir se dividieron para el estudio de la música en once octavas, y éstas a su vez en notas: tonos y semitonos. Cuando a un sonido lo llamamos Do o Sol, no estamos sino diciendo que su frecuencia es de X o Y hertzios. Naturalmente, este método para simplificar nuestra relación con el sonido, implica dejarse muchos tonos por el camino. La nota más grave de un piano es de 27,500 Hz. La más aguda de 4186,700 Hz. Teniendo en cuenta que un piano consta solo de 88 teclas, se puede empezar a imaginar la gran cantidad de frecuencias no representadas en el mismo. Es como si simplificáramos el espectro visible de luz a una serie limitada de colores, olvidando por completo los matices que existen entre, por ejemplo, el rojo y el naranja. La paleta de un pianista solo tiene 88 colores, y él está condenado a no salirse de ellos jamás.

Todo este preámbulo tan espeso no sería necesario si no fuese por la idea que se deriva a continuación.

La música rara vez se pinta en solitario, lo normal es que varios instrumentos suenen al mismo tiempo. Y no solo deben sonar juntos, también deben sonar bien. O lo que es lo mismo, todos los instrumentos han de ponerse de acuerdo sobre qué frecuencia es un Do y cuál un Sol. El resultado es tan intuitivo como chocante. La práctica totalidad de la música que conocemos está hecha con el mismo puñado de sonidos, escogidos por convenio entre la infinita gama de frecuencias posibles que existen en el espectro audible. De Mozart a David Guetta, probablemente toda la música que el lector ha escuchado en su vida se construye sobre un pequeñísimo porcentaje de los sonidos posibles. Ahora, imaginemos la sorpresa de un visitante del Museo del Prado al descubrir que todos los cuadros, de diversas épocas y autores, contienen exactamente los mismos colores.

En nuestro caso, este convenio musical ha ido cambiando a lo largo de los tiempos. Desde principios del siglo XX, por influencia anglosajona, está mayoritariamente aceptada en la música occidental la afinación a partir de un La3 de 440 Hz -los famosos cuatro cuarenta a los que hacía referencia el popular tema de un artista latino-. Así se decidió en una conferencia internacional celebrada a tal efecto en 1939, y así lo consagró la Organización Internacional de la Estandarización en 1955. En líneas generales, todos los instrumentos se afinan siguiendo este patrón.

Los defensores de la afinación a 432 Hz afirman que se trata de una frecuencia más armónica con los sonidos naturales […], por lo cual produciría una sensación de relajación y bienestar

No obstante, no todos los músicos están de acuerdo en que sea esta la afinación ideal. Entre las voces más críticas, aparece con especial fuerza una alternativa: la afinación a 432 Hz. Esta afinación implica otorgar al La3 una frecuencia ligeramente menor, de modo que esa nota, y con ella todas las demás, sean más graves, aunque sea en una medida casi imperceptible. El argumento más repetido por los defensores del “cuatro treinta y dos” es que, de alguna manera, se trata de una frecuencia más armónica con los sonidos naturales, y con nuestro propio cuerpo, por lo cual produciría una sensación de relajación y bienestar. Ello choca, siempre desde esta teoría, con la sensación de tensión e incertidumbre que produce la música en 440 Hz, por encontrarse distorsionada con respecto a las frecuencias naturales del planeta. Se sostiene que la música tal como la escuchamos es cortante, dura y fría, y que la alternativa propuesta es cálida y más completa. Siguiendo con la metáfora de los colores, la afinación a 432 Hz no supone aumentar los colores/notas que hay en la paleta, sino modificar ligerísimamente todos y cada uno de ellos, de forma que el resultado final sea más armónico.

Los representantes más acérrimos de esta postura llegan a afirmar que la afinación a 440 Hz fue propuesta por el ministro de propaganda nazi, Joseph Goebbels, y que prosperó a pesar de la oposición de la mayoría de los músicos alemanes y austríacos de la época, pero este postulado no está en absoluto demostrado. De cualquier modo, el Instituto Schiller, polémico think tank  político-económico internacional, ha tomado la bandera de la cruzada de la 432, tal como sostienen que ya hizo Giuseppe Verdi años atrás. La afinación a 432 Hz también goza de considerable éxito entre los ambientes cabalísticos, que la relacionan con la proporción áurea y la sucesión de Fibonacci, así como con la emisión de las ondas alfa del cerebro, emitidas a 8 Hz, y que se asocian con estados de distensión y relax.

El culto a los 432 Hz, sin embargo, no se limita al ámbito teórico. La mayoría de la música oriental, así como los instrumentos propios de esas latitudes (como el gong o el sitar) emplean esta frecuencia. Incluso algunas de las bandas más conocidas de la historia de la cultura occidental han experimentado con ella tras viajar a países con un concepto de la espiritualidad radicalmente distinto. Precisamente la crítica hacia este tipo de afinación apunta a la falta de rigor científico y al elevado grado de espiritualidad que lleva implícito.

Sean o no ciertas las teorías sobre los efectos musicales de las diversas afinaciones, y sea cual sea la frecuencia que se escoja como referencia, hay una cuestión que no admite duda. Para crear su arte, el pintor tiene una pequeña ventaja respecto a nuestro pianista. El segundo no puede contar con una serie de colores que permanecen inaccesibles para él, y para todos sus colegas músicos. Unas frecuencias olvidadas, que por convenio no pueden aparecer en ninguna pieza musical. Los sonidos malditos.