Where have you gone, Joe DiMaggio?

Han pasado más de cuarenta y seis años desde que Paul Simon y Arthur Garfunkel lanzasen por primera vez esta pregunta al aire. Mrs. Robinson sigue siendo uno de sus éxitos más universales y su verso más famoso se mantiene tan vigente como entonces. Fuera de Estados Unidos nos cuesta entender por qué fue tan importante la figura de un simple deportista. Hoy, recién cumplido el centenario del nacimiento de la estrella, no les aburriré con su biografía, sino que intentaré desgranar lo que representa para la iconografía social.

Joe DiMaggio es el mejor jugador de béisbol de la historia y el más relevante que ha pasado por la MLB, pero no es eso lo que le convierte en un icono. DiMaggio es la cara del conocido como sueño americano, una ambición que no entiende de límites geográficos y que desde que comenzasen las primeras expediciones a América puede resumirse en la posibilidad abierta a todo el mundo de alcanzar el éxito o triunfar en la vida. Turno ahora para los matices.

Durante los años de la Gran Depresión, época de miseria y hambre, era difícil creer en estos ideales de igualdad de oportunidades. El mantra de que la prosperidad depende de las habilidades de uno y de su propio esfuerzo y trabajo era fácilmente cuestionable por una sociedad que se resquebrajaba en plena lucha por la supervivencia. Corría el verano de 1941 y, aunque había sido un Yankee desde 1936, no fue hasta entonces cuando Joe DiMaggio traspasó las fronteras del deporte.

Con los ecos de la Gran Depresión aún sonando en la conciencia colectiva, la llegada del debate sobre la entrada del país en la Segunda Guerra Mundial creó el clima perfecto para gestar el mito. Supongo que siempre hay mucho de circunstancial en las grandes historias, pero también DiMaggio proporcionó el ingrediente definitivo: una gran gesta. Cincuenta y seis encuentros consecutivos fueron los que invirtió en lograr la hazaña que todavía hoy está considerada cómo la más difícil de superar de entre los récords del béisbol. Nadie ha encadenado nunca tantos partidos logrando al menos un hit. Es cierto que el contexto era de desesperación por encontrar un héroe y una fuente de esperanza, pero también lo es que en un país tan grande como Estados Unidos fue DiMaggio el que consiguió unir la nación.

Durante el período que duró la racha, la gente se reunía en los bares para ver hasta donde llegaría Joltin’ Joe

Durante el período que duró la racha, la gente se reunía en los bares para ver hasta dónde llegaría Joltin’ Joe. Todo el país estaba pendiente de la radio y en las calles no se hablaba de otra cosa. Golpeo tras golpeo, siempre extraño al error, fue creciendo en la calle la sensación de que podían contar con él: «Did he get one?» y «Joe DiMaggio’s done it again» eran la frases más repetidas, cada vez con menos asombro y mayor admiración. DiMaggio simbolizaba todo el potencial de grandeza que los ciudadanos de un país deprimido querían ver en ellos mismos.

El lema de la Fundación Joltin’ Joe es que una gran acción inspira otra. El punto de partida fue esta racha deportiva que transformó socialmente a un país en el que la gente se unió en torno a la figura del hijo de un pescador, nacido en una familia de inmigrantes italianos, que se crió en uno de los barrios más pobres de San Francisco. Si ese niño que aprendió a batear con piedras y remos rotos fue capaz de convertirse en el mejor jugador de béisbol de todos los tiempos y conquistar a la mujer más deseada de América, es que había un futuro para todos, uno capaz de escapar a los dictados de la jerarquía social.

Joe DiMaggio, el hombre que construyó su propia leyenda, se convirtió en el ejemplo a seguir. Todas las tardes de aquel verano de 1941, DiMaggio demostró en cada bateo un tremendo poder de concentración para obtener la excelencia en su trabajo y lo hizo con consistencia. Cada americano que confiaba ciegamente en que conseguiría un nuevo hit recibía el mensaje de que cualquier cosa en la vida requería de esa misma dedicación. Así es como se gestó el cambio y el resurgir de un pueblo que dejó de resignarse para construir su propio porvenir.

Joe DiMaggio es dar siempre lo mejor de uno mismo, cada día, en cada circunstancia, en cada desafío. Interiorizar esta creencia deriva en la creación de hábitos diarios que se convierten en la sólida base de una gran transformación. La primera piedra del progreso es siempre el próximo paso. Si en cada peldaño damos lo mejor de nosotros acabaremos creando algo maravilloso. Es sólo cuestión de tener un objetivo y empezar nuestra propia racha de hits. Con perseverancia todo es posible.

El gran Ernest Hemingway lo convirtió en el modelo de conducta para Santiago, protagonista de El viejo y el mar. El frustrado pescador admira al jugador de los Yankees y se inspira en el espolón calcáneo que DiMaggio padecía en ambos pies para no claudicar en la persecución del gran pez. «Nada es fácil», decía Santiago. Al año siguiente de la publicación de la obra, mi favorita del autor, Hemingway recibió el Nobel de literatura y el Pulitzer por toda su obra.

Él representaba todos los valores que esa misma América había querido reconocer como superiores

La carrera de Joe DiMaggio coincidió con una época en la que el béísbol, más que un deporte, era una metáfora de América. Él representaba todos los valores que esa misma América había querido reconocer como superiores: excelencia, fuerte sentido del deber, integridad fuera del campo, deportividad dentro, caballerosidad, educación, celosa vida privada y dedicación familiar. Casualidad o no, cuando en los años sesenta dejó de ser un personaje de máxima actualidad, muchos de esos valores tradicionales fueron desplazados por otros nuevos. ¿Quizás por eso la llamada de socorro de Paul Simon?

Aunque interesante, seguramente ése sería un debate muy alejado del objeto principal del artículo. Lo que está fuera de toda duda es que todo aquello que representa Joe DiMaggio, más allá de su incidencia en la histórica transformación de un país, es por definición bueno. Si recuerdan la película El lobo de Wall Street, sabrán que se incluye, casi al final de la cinta, una versión de Mrs. Robinson por Lemonheads. Cuando se escuchan los versos que hablan de DiMaggio, en la pantalla se muestra al honrado inspector del FBI que llevó a Jordan Belfort ante los tribunales. En el metro, volviendo a casa por la noche, solo, rodeado de personas de las clases más bajas. «Every way you look at this you lose». Tras un fundido, aparece el personaje interpretado por DiCaprio en el autobús de la cárcel. Son dos personajes derrotados, aunque no de igual manera. La mala interpretación del sueño americano por parte de Belfort le ha llevado a apropiarse y beneficiarse de cuanto le debería corresponder al buen americano. «Where have you gone, Joe DiMaggio?». La película, que personalmente me parece cercana a mediocre, se convierte en su tramo final en un canto a la pérdida de identidad, de valores y una denuncia contra la pasividad al dejar que ganen los malos. Ésa es la derrota de la sociedad actual. «Joltin’ Joe has left and gone away».

Una vez contada y recordada la historia de DiMaggio, voy a aprovechar la referencia a El lobo de Wall Street para adueñarme de su conclusión. Les remito a la escena final, cuyo último plano muestra infinitas caras de idiota mirando cómo les venden un boli. Nunca van a faltar tontos dispuestos a cambiar su vida comprando lo primero que les vendan. El mensaje y única salida de este callejón es que se aseguren de no ser alguno de ellos, porque mientras haya tontos que prefieran bolígrafos mágicos antes que ponerse a trabajar para mejorar su situación, habrá quien saque provecho y se quede con lo que es suyo. No es una gran película, pero contiene una crítica genial. Joe DiMaggio ya ayudó a salir de una crisis. Piensen en ello.