De cómo la peste negra cambió Europa

Estamos acostumbrados a que la historia la escriban los vencedores, a que las malas decisiones de los reyes fueran las desencadenantes de las crisis de los Imperios, de que las tácticas militares de los generales dieran la victoria al bando más débil, de que los saberes del artista destacasen sobre los demás… Pero, a mi entender, la historia debe ser entendida como un conjunto de diferentes eventos que, en su conjunto, tienen como resolución final esa gran batalla, esa crisis y, en general, esa historia que ha llegado hasta nuestros días.

Guerras, hambrunas, imperios, colonizaciones… son muchas las circunstancias que han condicionado en gran medida el resultado de nuestra historia. Sin embargo, pocos acontecimientos han sacudido tanto a la sociedad europea como los brotes de peste producidos a lo largo de diferentes etapas de la historia, como grandes pandemias que diezmaron la población afectando de igual manera a ricos y pobres. Aunque es cierto que han existido diferentes contagios más grandes o más pequeños—como por ejemplo la Gran Plaga de Londres y Milán o la Epidemia de 1649—han sido dos las más destacadas e importantes: la denominada Plaga de Justiniano y la Muerte Negra.

Tal vez sea más famosa hacia el público esta segunda, pues fue la pandemia de peste más devastadora en la historia de la humanidad. Azotó Europa durante la Edad Media, llegando a matar a un tercio de la población continental entre 1346 y 1361. Las repercusiones se pueden ver en diferentes manifestaciones de la época, pues sirve, por ejemplo, de contexto a la obra de Boccaccio El Decamerón, que narra la historia de un grupo de 10 jóvenes que se refugian de la peste negra en una villa de Florencia y allí se relatan diferentes cuentos. Pero también motivó la creación de diferentes géneros artísticos, como la Danza de la Muerte, cuyo tema principal era la universalidad de ésta.

Dos han sido los contagios más destacados e importantes: la Plaga de Justiniano y la Muerte Negra

Sin embargo, hoy me gustaría hablar de la Plaga de Justiniano, tal vez más desconocida, pero no por ello menos devastadora. Sus primeras señales se percibieron durante los años 541 y 543 y es precisamente en este periodo donde las repercusiones de la enfermedad son más interesantes. La pregunta de «¿qué hubiera pasado si la peste nunca hubiese llegado a Europa?» cobra una importancia especial a la hora de hablar de la Plaga de Justiniano, pues tanto las delimitaciones de los países actuales como de las diferentes razas que existen podrían ser hoy muy diferentes.

Pero, para ir ubicándonos, previo a esta gran pandemia Europa había vivido un periodo de gran esplendor. Tras la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476, tan sólo quedaron en pie los territorios pertenecientes al Imperio Romano de Oriente, que incluían los actuales países de Grecia, Turquía, Bulgaria, Macedonia, Egipto o Siria. El nuevo nombre que adoptó esta nueva potencia europea fue el de Imperio Bizantino, cuya capital se estableció en Constantinopla, actual Estambul.

Los gobernantes de este nuevo Estado se esforzaron en evitar repetir los mismos errores que fomentaron la caída del Imperio Romano, De esta manera, frenaron las constantes invasiones bárbaras del norte de Europa, reforzaron los ejércitos y las murallas de Constantinopla, se proclamó la unidad religiosa y se crearon nuevos códices jurídicos. De esta manera, Bizancio se sobrepuso a las constantes amenazas externas, comenzando un periodo de gran esplendor social y cultural.

El punto álgido de esta primera etapa está marcado por el gobierno del emperador Justiniano I (527-565), una época destacada por los grandes éxitos militares, culturales y jurídicos, destacando la construcción de monumentos como la basílica de Santa Sofía en Constantinopla, su política comercial por el mediterráneo o la codificación del antiguo Derecho romano en el Corpus Iuris Civilis. Sin embargo, las aspiraciones de Justiniano estaban encabezadas hacia una gran empresa, el ambicioso renovatio imperii o restauración del Imperio. El emperador creció escuchando las historias y las epopeyas del antiguo Imperio romano y de personajes como Julio César, Augusto o Trajano y decidió seguir su estela y reconquistar todos los territorios que les habían sido arrebatados.

Las aspiraciones de Justiniano estaban encabezadas hacia una gran empresa, el ambicioso renovatio imperii

Gracias a sus éxitos militares, el emperador bizantino recuperó toda la península de Italia hasta los Alpes, todas las islas del mediterráneo, el norte de África, y el sur de la península ibérica, logrando la mayor extensión histórica del Imperio Bizantino. Sin embargo, este sueño no duró demasiado, pues durante su gobierno se comenzó a propagar por todas las ciudades del mediterráneo la denominada peste bubónica, la cual se encargaría de aplastar las fuertes aspiraciones del Imperio Bizantino.

La exitosa expansión de Justiniano devolvió al Imperio el control del comercio en el Mediterráneo pero también propició la rápida expansión de la epidemia. Según las fuentes históricas, la enfermedad surgió en algún lugar del este de África y desde allí se trasladó al Alto Egipto y al Mediterráneo. Productos como el marfil eran muy demandados como objeto de lujo y éste sólo podía ser importado de los territorios donde brotó la enfermedad. Se cree que las ratas que viajaban en los barcos y en las cajas propagaron la peste primero entre los marineros, luego entre los habitantes de los puertos y finalmente a todos los ciudadanos del Imperio.

Según Juan de Éfeso, uno de los primeros historiadores, la peste dejó asoladas y sin habitantes diversas partes del Imperio, atacando de igual manera a ricos y pobres y dejando villas, pueblos y ciudades sin habitantes. Se estima que la cantidad de muertos al día oscilaba entre los 5.000, 7.000 o los 12.000 en los territorios del Imperio y unas 10.000 en la capital, Constantinopla.

Se estima que la cantidad de muertos al día oscilaba entre 5.000 y 12.000 en el Imperio y 10.000 en Constantinopla

Las consecuencias de mortandad son de sobra conocidas, pero, ¿qué significó realmente el brote de peste para el gobierno de Justiniano? Los constantes gastos en para sus campañas de conquista en Occidente unido a las construcciones de monumentales obras arquitectónicas como la basílica Santa Sofía en Constantinopla, habían dejado vacía la hacienda bizantina y este delicado balance económico se sostenía tan sólo con la recaudación de impuesto a los ciudadanos del Imperio.

Sin embargo, tras la llegada de la peste disminuyeron drásticamente los ingresos por impuestos al no haber personas que pudieran pagarlos. También se paralizaron las actividades comerciales y los grandes asentamientos y núcleos urbanos dedicados a la agricultura, que eran vitales para el desarrollo del Imperio, fueron abandonados.

Además, la llegada de la peste perjudicó seriamente los planes de Justiniano para restaurar el Imperio Romano. Diferentes pueblos bárbaros atacaron los nuevos territorios formando nuevos reinos y estados. Por ejemplo, los ávaros, procedentes de Mongolia, realizaron diferentes incursiones en el este de Europa, más concretamente la península de los Balcanes y Grecia, siendo especialmente fuertes a partir del 541. Los lombardos, procedentes de Germania, invadieron y conquistaron la península itálica y los vándalos la región de Cartago.

Con una media de 7.000 muertos al día, en poco tiempo los ejércitos bizantinos fueron diezmados sin siquiera entrar en guerra. Las defensas de los territorios flaquearon, lo que propició la progresiva pérdida de casi todos los territorios ganados por Justiniano y los recursos que estos propiciaban al Imperio. Para cuando la enfermedad comenzó a desaparecer hacia el año 750, se habían perdido los territorios de la costa ibérica y el norte de África, prácticamente la totalidad de la península itálica y la zona de los Balcanes y los territorios de Siria, Palestina y Egipto a manos de los árabes.

Todos estos sucesos supusieron un fuerte golpe contra el Imperio Bizantino del que nunca llegó a recuperarse. Los sucesores de Justiniano debieron soportar la carga de una larga etapa de más de 250 años de hambrunas, guerras, pobreza y sobre todo, enfermedad. Aunque bien es cierto que hubo algunos períodos de mayor o menor esplendor; nunca se trató de volver a la idea de la renovatio imperii de Justiniano, una ambición que, de haber sido posible, tal vez hubiera dibujado un mapa europeo muy distinto al que tenemos hoy en día. Así pues las aspiraciones de un emperador fueron frustradas por el enemigo más impensable, la enfermedad.