Min Kamp (Mi lucha)

Escribir una autobiografía o, más bien, unas memorias, antes de cumplir los cuarenta se antoja un cometido lleno de pretenciosidad. Quizás hubo un tiempo en el que no fue así, es probable, pero en pleno siglo XXI estoy convencido de ello: tiempos modernos, vidas modernas. No hay grandeza en cambiar pañales o llevar a los niños al colegio. Si para ello son necesarias casi cuatro mil páginas, es que definitivamente el autor se ha vuelto loco.

El referido es el caso de la última sensación literaria mundial. Hará un año, quizás algo más, que la empresa de Karl Ove Knausgård llegó a mis oídos. Este noruego de reconocido verbo había revolucionado su pequeño país alcanzando cifras de ventas sin precedentes. El detalle y la falta de escrúpulos al abordar cada aspecto de su vida habían sumido Noruega en una conmoción social inmutable. Sólo había dos opciones: amar a Knausgård y odiar a Knausgård. Los propios familiares del escritor se alinearon en el segundo bando. En realidad no todos, pero permítanme la licencia para dotar de mayor dramatismo a la historia.

Sólo había dos opciones, amar a Knausgard y odiar a Knausgard. Los propios familiares del escritor se alinearon en el segundo bando

Más de medio millón de libros vendidos en un país que roza los cinco millones de habitantes no pasan desapercibidos para las grandes editoriales. Seamos serios, cómo va a pasar desapercibido alguien con la osadía para titular sus memorias Mi lucha e incluso llegar a plantarse ante la sugerencia de modificación de los editores. La propuesta inicial es lo suficientemente provocadora como para dudar de su capacidad de generar controversia.

Por la razón que fuere, el caso es que me entraron ganas de leerlo. Me había gustado el título del primer volumen, La muerte del padre, aunque en realidad fue una lectura que abordé con cierto escepticismo debido al reciente boom de los escritores escandinavos. Supongo que muchos de ustedes también están pensando en ello. Yo mismo pregoné durante semanas, no  falto de frivolidad, que estaba leyendo a mi primer escandinavo, incapaz como había sido de caer en las redes de los títulos más conocidos, ya que no me atrae demasiado el género policiaco en el que están especializados. Y el resultado me sorprendió muy gratamente, corroborando las autorizadas críticas internacionales que había leído.

Les confieso que el inicio es duro. No es complicado, tampoco complejo. Simplemente, el lector tarda en situarse. Las primeras páginas son tal vez demasiado filosóficas, pura reflexión. Este muro inicial no hace sino acrecentar las dudas de quienes, de entrada, creemos que poco o nada puede interesarnos la vida de un hombre medio noruego. Hay escritores que tienen el don de decir las cosas de una manera hermosa. En este caso, la presentación de Knausgård muestra a las claras lo que su pluma va a ofrecer durante el viaje que está comenzando: sencillez y verdad. Las frases se suceden envueltas en un lenguaje accesible y directo. Entonces ocurre. De pronto, el lector se encuentra sumergido en el día a día de Karl Ove, cuya mayor habilidad es la de presentar lo cotidiano con sorprendente meticulosidad y realismo. El relato es cálido, y las descripciones exhaustivas, casi siempre acompañadas por los soliloquios filosóficos de su autor. Comentarios y opiniones sobre música, literatura o arte son también frecuentes. Y atrapada en el centro de esta tela de araña, toda una existencia humana. Antes de que pueda darse cuenta, el lector se encuentra viviendo la vida de Knausgård. He aquí lo verdaderamente distinto y lo que cubre de magia esta lectura: no se trata de una simple identificación con un personaje; si se vuelve a las páginas de Mi lucha es para encontrar algo propio, en busca de la respuesta a qué será de nosotros.

Mi lucha es, ante todo, un descomunal ejercicio de memoria

Es difícil precisar cuál es el elemento central de Mi lucha. Curiosamente, cada uno de los volúmenes responde a una estructura distinta al anterior. De hecho, pueden leerse perfectamente por separado o alterando el orden. Lo único que se mantiene de uno a otro es el tono del discurso. Pero si tuviese que decir uno, diría sin duda que el hilo conductor es la memoria. Mi lucha es, ante todo, un descomunal ejercicio de memoria, un atlas en el que las fronteras entre ficción y realidad se difuminan. Y es que todo hombre sabe, por experiencia propia, que la memoria es una herramienta que nunca prioriza la verdad. Es imposible recordar cada detalle de lo que somos y sólo somos lo que recordamos. Es la memoria la que nos dota de identidad. Y es precisamente ese proceso de construcción de una identidad, común a toda existencia humana, lo que dota de sentido a la obra.

El de Knausgård es un trabajo metódico, casi enfermizo. Veinte páginas diarias durante tres años, escritas compulsivamente, apenas sin corrección, arrojan un resultado de un realismo escalofriante. El escritor noruego lo abarca absolutamente todo en un texto ausente de jerarquías, lo que da lugar a un fuerte contraste  al encontrar asuntos tan trascendentes como la familia tratados en el mismo plano que otros tan banales como fregar los platos. Quizás aquí resida la clave de un discurso que resulta emocionalmente auténtico, en tanto que el grueso de la vida está formado por rutinas que funcionan como prisiones, y sólo en contados momentos excepcionales aparece una temporal vía de escape.

Si se animan a su lectura, en Mi lucha encontrarán una vida convencional y humilde que podrán reconocer paralela a la suya. No puede considerarse una guía, pues no enseña a vivir, si bien es muy probable que sientan que está verbalizando el proceso de aprendizaje por el que también ustedes pasaron. Y aún pasan. Knausgård ha hecho un esfuerzo literario homérico para presentar al público un trabajo serio y casi documental en el que se muestra tan sincero como uno puede serlo. Sus confesiones tienen un efecto ruborizante en el lector, sorprendido por el despojo que hace el noruego de todo cuanto de benevolente con uno mismo tiene el autoconocimiento humano. Knausgård muestra sus debilidades sin tapujos y conjuga miedos y dudas que todo hombre reconocerá haber experimentado. Se formulan preguntas que laten en lo más oscuro de la conciencia humana, allá donde nunca ponemos el foco por la parte de hipocresía que exige vivir en sociedad. Ésta es la obra de alguien dispuesto a sacrificarse por su creación, un hombre liberado del corsé de lo políticamente correcto y socialmente aceptable, y sólo por eso una historia tan ajena resuena con un eco tan íntimo en la existencia de quien la lee. Envuelto en una lectura hipnótica, Mi lucha no es más que un recuerdo.

Desde niño, lo que Knausgard más deseaba en el mundo era ser alguien. (…) Misión cumplida

Karl Ove Knausgård ha agitado los cimientos de la literatura moderna. Ha irrumpido en la actualidad con cierto aroma a obra maestra. Él dice que comenzó a escribir Mi lucha como una liberación. Asegura que se trata de un trabajo introspectivo con el único objetivo de desatascar su capacidad de creación, obstruida por traumas y fantasmas del pasado que ha ahuyentado con éxito. Plasmados sobre el papel no eran para tanto. Sólo era él aunque en ocasiones pueda parecer otro. Ahora es capaz de soportar la vida, ha aprendido a sobrellevarla. Mientras el mundo debate su genialidad y tantos son los que se rinden a sus pies como los que lo descuartizan, la obra está en boca de todo el mundo y ello la coloca en una posición ventajosa de cara a las generaciones venideras. ¿Será su aceptación tan controvertida como la del Ulises de Joyce? Si me permiten opinar una última vez, para mí sí se trata de literatura grande. Es diferente y de aspiraciones mucho más elevadas que casi todo lo que se escribe hoy en día. La mera genuinidad debería colocarla en un plano relevante y digno de estudio. Y no me creo a Knausgård. Es imposible que Mi lucha esté escrita para él, no pueden alcanzarse ciertos niveles de sinceridad sin autodestruirse. Mi lucha está concebida para el público y la historia. Sólo el ánimo de trascender y burlar el olvido puede desencadenar la memoria como lo ha hecho el noruego. Desde niño, lo que Knausgård más deseaba en el mundo era ser alguien. Con Mi lucha lo ha conseguido. Misión cumplida.  Si están dispuestos a cuestionarse, les invito a leer la novela más personal que llegará a sus manos. Su familia, su trabajo, su felicidad pueden verse en entredicho. Habrá preguntas incómodas, pero a cambio, tendrán la posibilidad de descubrirse. Sé que parece imposible condensar todos los detalles de una vida en cuatro mil páginas. Lo que hace único a Knausgård es que él ha capturado el mundo entero en ese mismo espacio.