Reflexiones de una vida

No soy partidario de relatos largos y novelados cuando quiero expresar algo. Quizá mi carácter, un tanto alborozado y de rápidas reacciones, me empuja a trasladar con pluma concisa lo que siento en un momento determinado. Sin embargo, si no pretendo construir literariamente lo que quiero decir, ¿por qué escribo esto? ¿Por qué quiero trasladar mis alegrías o mis angustias al recaudo de quien le caiga en sus manos? ¿Por qué esta especie de confesión ha de estar a merced de otros que, aunque allegados, puedan no entender de alguna forma mi propio sentido, eminentemente  mío? ¿Qué me impulsa a dar pábulo a mis impresiones en un tema tan sustantivo como el que la propia vida me ha ido deparando?

En primer lugar, creo que trato de organizar mi mente, sistematizando su contenido; y en segundo lugar creo que no se trata de airear inquietudes: se trata de una necesidad personal, un deseo de colocar mi pensamiento encima de una base donde estructurarlo, ya que está llegado el tiempo de la más importante reflexión que alguien como yo necesita realizar.

Porque ahora, en este momento de mi existencia, cuando las turbulentas aguas de la ingrata realidad de la ancianidad van inundando sin reparos mi cada vez más frágil humanidad, es cuando siento con más certeza la cercana agonía de la vida.

¡Que camino tan difícil de transitar! ¡Cuantas dificultades, tropiezos y desconsuelos voy encontrando en el último tramo de la ascensión a la cumbre donde acaba lo visible!

¿Y después? ¿Después de lo visible? Después… está la gran lejanía. La lejanía del infinito… de la eternidad… ¿de qué eternidad?

Pero… ¿a santo de qué he venido yo a este mundo? ¿De que sirve haber vivido? ¿Cuál es mi objetivo final?

Cuando veo llegado el tiempo reductor de las potencias personales, el olvido de lo que palpo cotidianamente, de lo inmediato; la escasez de energía de la que alardeaba hasta hace bien poco; cuando noto que el espacio entre el ser y el no ser se acorta inexorablemente con sensaciones de impotencia imposibles de remediar; cuando veo a mi alrededor todo lo que está por hacer y no lo hago; cuando la indiferencia por lo que pasa o puede pasar se va adueñando día a día de mi entendimiento; cuando el círculo de mis expectativas se reduce ostensiblemente; y cuando «voy perdiendo la alegría de estar vivo, es que la muerte avanza, alma, dentro de mí…» como diría Séneca; es cuando un sentimiento escatológico se adueña de todo mi ser.

¿Esto es lo natural? Claro, es lo que toca, como diría mi hijo. Indudablemente. Pero… (aquí viene el pero más espeluznante de toda la existencia humana) pero, ¿a santo de qué he venido yo a este mundo? ¿De que sirve haber vivido? ¿Cuál es mi objetivo final? ¿Qué he pintado yo en el escenario de esta parodia? ¿Qué destino tenía para mí el hacedor de mi existencia?

Son, bajo mi punto de vista, preguntas de una gran transcendencia a las que no encuentro respuesta. Y si el corto espacio de tiempo que resta de mi vida va transcurriendo como hasta ahora, acabaré mis días sin una explicación suficiente para instalar en mi interior una paz espiritual.

Reflexiono por un momento sobre el tiempo pasado y me doy cuenta de que, sin haber sido informado previamente, aparezco en el mundo, tan diminuto que no tengo fuerzas ni criterio para preguntar: «¿por qué?». No sé qué hago ahí recién nacido, ni sé qué puedo hacer para satisfacer mi curiosidad, porque todos los que me miran están pendientes de que no me falte de nada. No me dejan pensar, me visten, me alimentan, me limpian, me acunan, me hacen cucamonas y se divierten conmigo. Podrían decirme con toda naturalidad: «No preguntes tonterías; has nacido como todo el mundo». Y yo, fiel a los designios del ordenante, les tengo que seguir la corriente. No hay remedio, todo está programado y debo continuar por el camino marcado.

Llega el momento de guardar en una carpeta todo mi histórico, como reliquia de un pasado, como recuerdo último de una vida activa que ya expiró

Y pasan los días, los meses, los años, siguiendo la hoja de ruta que se me ha asignado, siempre con la precaución de no salirme del guión, para evitar consecuencias poco agradables, que darían pie a desavenencias tanto familiares como sociales. Y sigo conquistando metas preestablecidas, dentro del orden social, disfrutando de la vida unas veces y sufriendo la vida otras… Y, después de haber agotado la existencia entre sonrisas y sollozos, llega el momento de guardar en una carpeta todo mi histórico, como reliquia de un pasado, como recuerdo último de una vida activa que ya expiró, porque ahora toca serenarme, descansar y esperar languideciendo el último suspiro…

Y, ¿que aporta el balance de mi tránsito vital? Discretísimo resultado. ¡Desconozco tanto!

Precisamente ahora, en el tiempo de la relativa serenidad, en el descanso, en la espera lánguida, es cuando se despierta el ansia de saber algo más, ese ansia necesariamente aparcada por los encargos que la vida activa me ha ido ordenando. ¿Saber algo más? No es suficiente. Es necesario saber mucho más de lo que hasta hoy sé, porque no me puedo quedar satisfecho con el conocimiento adquirido en saberes ajenos, en filosofías contradictorias, en disquisiciones ambiguas que complican la mente y llevan al fracaso de la sabiduría del yo. De gente que también exige saber, porque se sienten necesitados  y su pensamiento quiere ayudarse con el pensamiento de los otros, sin poder llegar, pese a todo, a soluciones concretas.

¿Quién tiene la autoridad absoluta para definir empíricamente al ser humano? ¿Dónde está oculto el ente superior que, con sus exclusivas aseveraciones, me dejaría con la mente lúcida y el ánimo satisfecho? ¿O es que no está, no existe y es una falacia inventada por nosotros? ¿Es que la condición humana exige y quiere conseguir por cualquier medio ser transcendente? ¿Somos tan petulantes y engreídos que tenemos necesariamente que sobrepasar nuestros límites puramente físicos y sublimar nuestro ego hasta estadios imposibles de sostener por la inexistencia de soportes sólidos?

La ciencia prosigue su avance con logros espectaculares en medicina, en mecanismos impensables en otros tiempos, en estudios profundísimos del cerebro humano, pero no da con el secreto de nuestro porqué. Especulaciones, efectos sobrenaturales, creencias cósmicas y religiosas, se han creado para apaciguar el ánimo del inquieto habitante que indaga y quiere conocerse más.

Y, ¿que aporta el balance de mi tránsito vital? Discretísimo resultado. ¡Desconozco tanto!

En párrafos anteriores me preguntaba sobre el origen de mi aparición en el mundo. Doy la conformidad al hecho y no tengo mas remedio que admitirme como socio de la humanidad, puesto que el plan se ha desarrollado convenientemente, (el plan ideado por otros, no por mí); aunque soy objeto pasivo, ajeno al proyecto de mi instalación en la vida, permaneciendo todavía, a estas alturas, sin saber por qué.

Es posible que la afección que padezco sea motivo más que suficiente para desarrollar en mi interior una neblina de tristeza, que empañe una visión optimista del camino que me queda por andar, pero, en cualquier caso, no deja de ser un fleco en la trama de toda una existencia.

¿Adonde quiero ir a parar? Lo desconozco. Intento reflexionar sobre algo de lo que no tengo bibliografía, información u otras fuentes donde nutrirme. Estoy exprimiendo lo poco que tengo dentro por si hubiera un atisbo de conocimiento. Pero me atasco. Mi mente va padeciendo de obstrucción cognoscitiva. Y, a estas alturas (o bajuras), los posibles remedios se encuentran a años luz de mi alcance.

Estoy desnutrido de alma. Hasta imagino angustias de vaciedad espiritual en el sueño de la vida por la que voy cada día, paso a paso, hacia no sé dónde. Y quedo expectante y hierático, mirando a un lado y otro, por si el viento suave de la tarde trajera algún susurro animoso. Y el crepúsculo llega sin novedad alguna, y viene la noche a la que siempre temo…

Esa noche de la propia existencia. La noche del letargo inquieto… Llegado el día, sigue la noche de mi porqué, ocultando cualquier posible silueta de raciocinio explícito.

Y pasan los días, las semanas se contraen, los meses se echan encima y los años ejercen su misión de ir descontando tiempo al escaso tiempo que queda.

Imagen: Tom Hussey