Siete: Envidia

Anoche volví a mirar las fotos de la boda. No la mía, sino la de ella. Cuántas veces pensé que sería la nuestra. Maldije en silencio su sonrisa. No la de ella, sino la de él. Recuerdo perfectamente la última vez que la vi, la de ella. Fue una tarde de noviembre, quizás una mañana de junio. Siempre me dedicó unos modales exquisitos, ella, para acabar cayendo en otros brazos, los de él. No tiene nada que yo no tenga, él, salvo su amor, el de ella. Cómo pudo no darse cuenta, ella, de que entre todas las opciones fue a quedarse, de nuevo ella, con la peor, él. No hay una cualidad suya, de él, que pueda resultar atractiva, interesante, digna. Sólo ella. Y lo tiene todo, ella. Y ahora él.

Que no. No lo entiendo. Además, es enano. Si me lo preguntan, afirmaré sin dudar que soy alto. A partir de qué centímetros uno se convierte en tal cosa es algo que no se puede precisar. Depende al cien por cien del entorno. Un japonés alto es probable que en Berlín no lo sea. La comparación es la forma en la que percibimos el mundo. Yo soy alto porque mis semejantes me ven alto. El divertido lo es porque nos hace reír. Somos a través de las demás personas, ellas nos definen. Y para hacerlo es imprescindible el contraste, la comparación. Tan necesaria como nociva, sin ella la envidia no tendría el vehículo para existir. Comparar es el auténtico pecado. La envidia es sólo una consecuencia que es considerada defecto, pero únicamente en la medida en que se manifiesta. La envidia privada puede ser maravillosa, mover el mundo. Si censuran su propia envidia nadie les censurará a ustedes. Pero claro, cómo van a hacerlo si ustedes no son envidiosos.

La envidia es el peor de los pecados. No lo hay más dañino y abominable. Piensen en los otros seis que siempre se le asocian. De todos se obtiene alguna forma de placer. En cambio, la envidia no se disfruta. Nada reporta más que pesar. Es el único también que no puede practicarse en solitario y siempre involucra a algún tercero inocente y no pecador. En mi caso, él. Uno de los mayores peligros de la envidia lo padece el prójimo, ya que el envidiado alimenta sin saberlo el deseo del envidioso de causarle mal. Creo que no necesitan que les proponga un ejemplo porque todo ser humano es envidioso por naturaleza. Menos ustedes, claro. Los pecados, por capitales que sean, poco tienen que ver con la religión. Son cosa de hombres, no de dioses. El término capital no significa que sean de mayor entidad, sino que dan lugar y son raíz de muchos otros pecados.

En este sentido, la envidia vuelve a aventajar a sus colegas de jerarquía, pues nunca viene sola. Entre sus múltiples compañeras se cuentan la mentira, la traición, la calumnia y todo aquello necesario para dañar al envidiado y destruirlo. Es especialmente abstracta y sus límites difíciles de fijar. Tanto que por sí misma es casi inofensiva, pero la experiencia demuestra que termina corrompiendo la integridad del envidioso de forma silenciosa y devastadora. La envidia mata desde dentro del individuo. Surge de la confrontación de un mundo ideal y la cruda realidad, el plano del deseo y el de los méritos. Y de esa frustración brotan todos los males del mundo.

Es ésta una actitud tan extendida que los españoles llevamos tiempo reclamándola como modalidad olímpica. Ninguno más ilustre que Alonso Quijano. Entre todos los molinos de este mundo, el propio Quijote destacó la envidia como raíz de infinitos males y carcoma de virtudes. Bien lo sabe el bueno de Sancho, advertido como fue por su ingenioso caballero de los «disgustos, rancores y rabias» de este vicio.

Y es que, a lo largo de la historia, pocas figuras han sido más recurrentes que la envidia en el mundo del arte y la literatura. Inabarcables son las obras que la contienen y, aunque no voy a repasarlas ahora, podrán reconocerlas sin excesiva dificultad por su marcada simbología: tan pronto es una anciana de desagradables facciones como un despreciable reptil o un hombre que muerde su propia mano. También es habitual presentarla como una persona con los ojos cosidos, castigo que recibían los envidiosos en el purgatorio de Dante. Para El Bosco, dos perros que ignoran el hueso a sus pies en busca de otro más grande en manos ajenas. Es precisamente esta versatilidad iconográfica lo que la hace tan popular entre artistas.

Mucho antes que todos ellos siempre aparecen romanos y griegos. Todo lo explica la mitología. Algo tan humano como la envidia no podía faltar en el Olimpo, pero una vez más se pone de manifiesto la complejidad de su naturaleza. No existe un dios de la envidia y, por el contrario, fue precisamente ésta la que desató los enfrentamientos entre dioses. Es habitual verla identificada con la figura de Némesis. Sin embargo, en puridad Némesis era la guardiana del equilibrio, la venganza y la fortuna. Conocida como la diosa de la justicia retributiva, castigaba la desmesura y su misión era recordar a los mortales que en su condición no les estaba permitido ser excesivamente afortunados.

Desde otra perspectiva, Némesis se encargaba además de medir y distribuir la felicidad y la desdicha de los humanos. A lo largo de la historia se la ha llegado a atribuir también el castigo de los crímenes, pero es un aspecto concreto sobre el origen de Némesis lo que me ha llamado exageradamente la atención. Como sucede con la envidia, que nadie reconoce como propia, tampoco ningún dios ha querido reconocer a Némesis, siendo una de las pocas deidades cuya genealogía no está clara. Se le ha atribuido la filiación de Océano y hasta la del propio Zeus, junto al cuál podría haber dado origen a Helena de Troya según alguna de las leyendas. También se la ha dicho hija de Érebo y Nix, dioses de la oscuridad y la noche. Sin embargo, en este último caso se la está confundiendo con Ptono, personificación griega de los celos que mató a todas sus esposas.


Y por no estancarme en este punto, voy ahora con el dato estrella. Por la propia naturaleza católica de nuestra cultura, la mayoría de ustedes tenderán a relacionar pecado capital, envidia, con la Iglesia y la religión. Mi sorpresa ha sido comprobar que, a lo largo de los setenta y tres libros que componen la Biblia, la envidia sólo es citada en treinta y dos ocasiones. De ellas, únicamente hay cuatro menciones en los evangelios y ninguna de ellas tiene carácter principal. En cambio, bien pronto, comienzos del Génesis, se encuentra el ejemplo de Caín y Abel, en el que aún sin nombrarla se muestra claramente el afán de dañar al prójimo. También el hijo mayor y bueno «se irrita» al regreso del hijo pródigo en una de las parábolas más conocidas. Se comprueba, por tanto, que no hace falta nombrarla: la envidia siempre está latente. Incluso en los textos religiosos es casi un término tabú, el más horrible y temido de los pecados.

¿Pero es realmente para tanto? Todos queremos cosas buenas. Es algo legítimo. Yo mismo no me ruborizo al confesar que me gustaría saber tocar un instrumento musical, tener una mansión que se asome a un acantilado, ser el mejor en mi trabajo y tener una mujer guapa, inteligente y simpática. Como ella. Estos deseos, por sí mismos, no me convierten en una persona envidiosa. Otra cosa es que pueda haber otros rasgos predominantes en mi carácter. Pero como premisa, ténganlo claro, querer cosas buenas no es malo.

Quizás podamos controlar nuestra propia envidia, no sé. La que se nos escapa por completo es la vertiente negativa de la envidia. Me refiero al morboso placer que obtienen algunas personas al generar envidia en otros. Para la mayoría, esto sucede sin darnos cuenta. Ocurre cada vez que utilizamos en público nuestro flamante teléfono de última generación. O cuando compartimos en redes sociales las fotos de nuestras últimas vacaciones. Quien las vea desde la rutina de la oficina deseará estar en nuestro lugar. Creo que sí, que podríamos reducir la envidia del mundo actuando con mayor discreción y austeridad, pero nos volveríamos locos. Entre otras cosas, porque es imposible predecir qué de nosotros es susceptible de ser envidiado: sólo puede envidiarse aquello que no se tiene.

Esto me da pie para plantear otra paradoja de este correcalles que es la envidia. Si me lo permiten—hoy me siento filósofo—lo denominaré envidia impropia. No es poco común envidiar lo que no existe. En una sociedad de la comunicación como la actual, en la que parece que la felicidad es una obligación, las apariencias dan lugar a numerosos malentendidos. Ándense con tiento los amantes del embuste y la exageración porque la envidia arrasa con todo sin distinguir ficción y realidad. Pobres los envidiosos que se amargan la existencia pensando en la felicidad de quien es tan desgraciado como ellos. Qué tragedia pensar que ninguno estamos libres de tal fatalidad y que en cualquier momento podemos ser víctimas de la envidia, activa o pasivamente, con causa o sin ella.

Basta de alarmas. No se acongojen. Los terremotos y huracanes también destruyen lo que encuentran a su paso y no les quitan el sueño. Llevo días pensando sobre ello y no alcanzo una conclusión que me satisfaga. Quién ha decidido que la envidia no puede ser buena. A mí me encantaría escribir como lo hacía Chaves Nogales, o como lo hace Pat Conroy. Fruto de ello me esfuerzo en mejorar. Me fijo en los detalles, estudio, progreso. Lo hago a pesar de saber que nunca será suficiente. Sería muy feliz si tuviese el don que tiene Amós Lora para tocar la guitarra, pero nunca he deseado que él pierda sus facultades. En primer lugar porque si lo hiciese yo seguiría sin saber tocar la guitarra y, por lo tanto, tan infeliz como al principio. En segundo lugar, porque la inteligencia más liviana alcanza a comprender que no es posible absorber los poderes de otra persona.

Pienso ahora en Jaime, por ejemplo, que estudió conmigo. Hizo carrera jugando al mus, le saludan por el nombre de pila en cada bar de la ciudad e invirtió para licenciarse lo que un idiota tarda en hacer tres doctorados. No es ágil ni despierto, menos aún trabajador y sin embargo ocupa un puesto de trabajo que creo que por capacidades más bien me correspondería a mí. ¿Les suena? Seguro que también conocen a alguien como mi amigo Álvaro, que no terminó la E.S.O. y jamás ha madrugado. Aún así se permite ir a la playa en un deportivo rojo. Qué envidia, sí. Pero difamarles no me va a colocar en su lugar. Deseo sus virtudes, empleos y dinero, pero no creo que, si fuese posible, llegase a cambiarme por ellos. Hay que ser muy valiente para renunciar a todo lo que uno es y cuanto le rodea y conforma. Como al principio, somos contexto. No creo que eso sea pecado.

Todo es cuestión de establecer unos límites. Pueden llamarse inteligencia, sentido común o, simplemente, civismo. Si me gusta la bicicleta de mi vecino puede que sienta el impulso de robársela. Yo soy mejor que él y no es justo que tenga una bicicleta mejor que la mía. Como buen pecado capital, la envidia me llevaría al robo, otro pecado distinto del original. Lo que pasa es que, además de cobarde, sé que vivir en sociedad implica pensar en los demás y el respeto por el otro, incluyendo la propiedad privada. Quizás por ahí la envidia, bien canalizada, me ayude a contener mis impulsos de consumidor la próxima vez que disponga de ahorros y deba decidir si comprarme un iPad o una bici nueva. Puede que me esfuerce en trabajar más y mejor para poder disfrutar de la bicicleta que merezco. Se va enterar mi vecino cuando me vea con ella. La envidia cambia de bando con facilidad.

Por eso digo que, bien entendida, también tiene sus cosas positivas. Sólo hay que aprender a interpretarla. Y a pesar de ello, nos resistimos a reconocernos envidiosos si no es con ese estúpido barniz de la envidia sana. Por alguna razón, el soberbio dice que lo que tiene es autoestima, el avaricioso asegura que en realidad es ambicioso y a todo el mundo le parece bien. El envidioso, en cambio, necesita matizar la envidia para justificar su debilidad. Se lo dije desde el principio, no es aceptable manifestarla: es probable que la propia cultura social lleve al subconsciente humano a relacionar envidia e infelicidad, algo que sí parece prohibido en los tiempos que corren.

¿Saben? Seguramente sea verdad. Esto último sí que lo entiendo. Lo comparto. No hay civismo que pueda salvar mi cordura de la envidia. Podría matarlo, a él, y probablemente me odiaría, ella. Donde había dos personas felices y una envidiosa, habría dos desgraciadas y una muerta. Hay más de desdichado en el envidioso que de malo.