Bella decadencia

Todas las mañanas, después de cada té, bajaba las escaleras a toda prisa. Era un nuevo día. Me habían dicho que una vida no era suficiente para conocerla pero sí para enamorarse. Roma es eterna. Por eso, decidí que en los meses en que me hiciera parte de sí, intentaría conocerla mejor que nadie. La barandilla de las escaleras de forja (oscurecida, quizás, por las caricias de tantas manos a lo largo de los años) me acompañaban antes de apresurarme a sacar las llaves del candado de mi bicicleta. Era blanca, vieja, apenas frenaba; elegante y, sin embargo, de la calle. La encontré sola en un mercado de pulgas del Testaccio y, desde entonces, nos hicimos inseparables. Los cristales de copas rotas de las noches en vela nunca nos frenaron. Las callejuelas del Trastevere nos conocían, todos los días abrigaban nuestras idas y venidas.

Un organillo sonaba cada mañana al cruzar el Ponte Sisto y era inevitable dejarse llevar admirando la cúpula de San Pedro reflejada en el agua mientras unas golondrinas acompañaban mi paseo. La primera parada la hacía en el Bar Mariani, un lugar pintoresco en donde el olor a caffè embriagaba los alrededores haciendo que, inevitablemente, volviera al pasado al entrar en este bar. La verdad es que el hecho de no tener una oficina hizo que las mesas del Mariani se convirtieran en un escritorio improvisado muchas mañanas y sus capuccinos fueran la mejor compañía. Retomando a mi otra amiga, continuaba pedaleando por una Roma que para mí, solo yo conocía.

Me encantaba esa sensación de ser una circunstancia más de aquella ciudad a la que no solo las historias hacen eterna

Esquivar a los ávidos camareros de las terrazas de Campo de’ Fiori no era tarea fácil. En cuanto lo conseguía, me topaba de frente con algún vendedor ambulante que a golpe de bolso o palo-selfi cerraba mi paso. Pero lo hacía, bastaba girar a la izquierda para atravesar en calma la siempre elegante Piazza Farnese y adentrarme en la via Giulia, el corazón de mi Roma particular. Siempre me cruzaba con la misma gente, el mismo melenas de aires aristocráticos que me saludaba sin conocerme, la portera de pelo canoso que gritaba un dulce Ciao bella! y, en ocasiones, con los niños del Liceo que, nada más salir, ya tenían un trozo de pizza en sus manos. Me encantaba esa sensación de ser una circunstancia más de aquella ciudad a la que no solo las historias hacen eterna, sino también sus cientos de secretos, como el que guarda el ojo de una cerradura del Aventino. Coppedè, el viejo tranvía de Flaminia, los pinos de Villa Borghese, las curvas de Via Veneto, los obeliscos escondidos, los turistas perdidos. Daba igual perder la noción del tiempo, a las doce el cañón del Gianicolo anunciaba el mediodía y, aunque recorría Roma sola, siempre me sentía acompañada.

Roma es bella y lo son también las grietas de sus casas y la hiedra que las tapa. “El degrado me agrada”, firmaba un grafitti de una de sus paredes. Y es que es cierto, la decandencia puede ser una dama que perfuma de belleza el paso del tiempo.

Sentir el traqueteo de los sanpietrini y el tintineo de la vieja cadena de mi bicicleta me hacían descubrir esa parte auténtica de la Italia que todos imaginamos, la de los vetustos Fiat 500 y las fachadas terracota que al atardecer se tornan anaranjadas. Aquella en donde utilizar lo de siempre es un modo de vida. Es lo que hace a esta bota ser única; la esencia del pasado que sobrevuela sus tejados y su facilidad de no sustituir lo antiguo, haciéndolo aún más bello en el presente. El encanto de lo decadentemente bello que tiene simplemente vivir.