Mi novio es friki y a mí me gusta Amélie

En las baldas de aquella tienda de regalos aguardaba una preciosa caja de madera: óptima para guardar las entradas de cine de un primer año de largos paseos de domingo y sorpresas diarias. Era perfecta, y como tal se la regalé.

Meses más tarde, en un café lluvioso, me acordé de aquel regalo. Y pregunté. «¿Qué tal la cajita del aniversario? ¿Has metido fotos dentro?». La respuesta tardó en llegar, no sé si por la duda o por el temor que pudo sentir en aquel momento. Pero, muy decidido, y con aire de normalidad, respondió. «Sí, la uso para guardar las cartas Magic».

El mundo se paró, mi cara se torció, y mi mente solo pudo imaginar lo que había sido una preciosa caja, corrompida por el alma guerrera de pequeños monstruitos. Lo había descubierto. Mi novio… era friki.

Han pasado cinco felices años desde aquel momento, y gracias a su potente imaginación he dado paseos escapando de un pulpo gigante de nombre impronunciable; he recorrido la luna de Endor luchando con los rebeldes; he aprendido la sutil diferencia entre un cómic y una novela gráfica; he percibido que los videojuegos son mucho más que un mando a distancia envuelto en cables y el olor a cerrado de un cuarto; y que un mazo no es sólo una baraja. En definitiva, me he hecho docta en la materia gracias a mi noble e inseparable compañero, dejando de lado muchos prejuicios. Pero no, yo no soy friki.

Mi mente solo pudo imaginar lo que había sido una preciosa caja, corrompida por el alma guerrera de pequeños monstruitos

No ha sido fácil llegar hasta aquí, lo sé. Ha tenido que escoger muy bien los momentos en que me adoctrinaba en tales artes. No valía en un paseo bajo las estrellas, ni en una cena de los dos; tampoco tras días o meses sin vernos, ni recorriendo las calles de una ciudad nueva en nuestro mapa. Había que ser cauto y prudente. Aprendió a no bombardearme. Las pequeñas píldoras de conocimiento surgían a modo de curiosidad y sobre todo a través de las técnicas del marketing más avanzado. «¿Pues no sabías que las Magic las creó un doctor en matemáticas? ¿Sabías tú que Tolkien es un autor de culto? ¿Sabes que los Munchkin eran la gente que vivía en la tierra del Este, donde reinaba la bruja mala en el libro del Mago de Oz?».

 

Visto así, no todo parecía tan malo; quizás mi ignorancia hacía osadas muchas de mis afirmaciones, pero seguía sin poder evitar que, al entrar cada mucho tiempo en aquellas tiendas de atmósfera oscura, me quedara en la esquina de peluches (quienes con sus inocentes ojos saltones me clamaban a gritos su deseo de ver el sol y escapar de aquel perfume a kikos y ganchitos). Aunque él se defiende diciendo que no es un friki al uso: lo es por el simple hecho de que le gustan «las historias que se cuentan» como bien me dice.

Yo soy una chica que una vez al año por lo menos ve Amélie; él, por el contrario, ve El Señor de los Anillos. Yo leo a autores como Marc Levy y paseo en bicicleta, bebiendo los vientos despacito; soy feliz bajo un paraguas en un día lluvioso, oliendo la hierba recién mojada (que por si no lo sabíais, esta maravilla, se llama petricor); adoro los vestidos vintage, los zapatos de cordones… pero no os creáis, a él también le gustan algunas de estas cosas. Yo soy una chica a la que le gusta correr, y encontrar rincones en lo que dejar volar la imaginación, escuchando música de lo más hipster, y a la que le encanta bailar. Yo soy una chica que no sabe qué hace tan especial a la inerte actividad de una tarde de sofá, aunque sea corriendo por los caminos de la mente entre tierras medias y mundos paralelos. A pesar de gustos tan dispares en este sentido, compartimos la melancolía de Cinema Paradiso y el gusto por la Grande Bellezza, charlas en museos, helados al sol, Vetusta Morla y el apego al viento del norte. Pero… ¿si es friki te puede gustar esto? Algo estaba comprendiendo.

 

Por esta razón de disfrutar de las cosas juntos, son muchos los días en que me ha sorprendido con un paseo en bicicleta, un desayuno en una terraza, viendo cualquier película romántica o incluso me haya hasta acompañado a correr entre risas con una frase que me ha perseguido estos años: «¿ves? Las Magic no cansan, ¡correr es para cobardes!» Y todo esto, tan solo por el hecho de que él es feliz si yo lo soy. Pero claramente fuera de mi interior y frente a él, yo tenía toda la razón: ser friki no estaba bien visto.

Tenía que deshacerme de esos prejuicios sobre el ambiente en el que se enmarcaba esta subcultura de la diversión

Estaba claro que tenía que deshacerme de esos prejuicios sobre el ambiente en el que se enmarcaba esta subcultura de la diversión. Porque, probablemente, de no haber sido una colección de libros afortunadamente exitosa, nuestro querido mago Potter sería hoy día un producto de estanterías polvorientas del frikismo y no un fenómeno mainstream con parque de atracciones propio. Al igual que Juego de tronos, si se hubiese llamado Canción de hielo y fuego. O si los Juegos del hambre se hubiesen quedado en una trilogía literaria, y su protagonista, Katniss, fuese una chica menos agraciada que su actriz Jennifer Lawrence. Observando de esta forma el mundo, también mi preciada Amélie tenía cierto halo de misterio mientras recorría las calles de París en busca de aquel chico de los pedacitos de foto en la estación. Tenía claramente un puntillo friki u obsesivo; términos muy unidos, si tenemos en cuenta que ‘friki’ viene de freaky, cuyo significado en inglés es «extravagante» o «fanático», entre otras muchas acepciones. Amélie era friki y yo sin saberlo. Y mi novio también.

 

Impulsada por la curiosidad—y también por la desesperación—comencé a escucharle de verdad cuando arrancaba con su táctica de hacerme ver lo bueno de aquel mundo. Poco a poco, fue creando en mí una nube de conocimientos y palabras que eran como una sopa de letras, pero que para cualquier maestro en la materia sí tenían orden y sentido. Una vez exclamé en el metro: «¡eso es OVER 9000!». Otro día, al escuchar decir a un amigo que tenía que farmear, le respondí: «¿estás jugando a lo de la granja del Facebook?» Demasiados vocablos de un extenso campo semántico, pero no me daba por vencida. ¿Bajar maná? No, no era descargar música de aquel grupo; ni tampoco la liberación de Egipto. Pero mirad, Totoro si que me gustó, ¿qué me estaba pasando?

 

A todas vosotras, que vivís en esta dualidad, os recomiendo que recuperéis las ganas de jugar. Crecemos y lo único que nos importa es el mundo real; y en muchas ocasiones dejamos encerrada la imaginación en una jaula de cristal. Dejemos volar la mente en una tarde de juego, os aseguro que no os defraudará. Quien me lo iba a decir a mi, tengo ante mis ojos una baraja—perdón, un mazo colorido—que no es de póker ni de brisca. Lo habéis adivinado. Las Magic me han atrapado.

Pero que quede claro, yo sigo sin ser friki.