Afortunado en el juego

Los sábados por la mañana repartía leches jugando al fútbol americano. Los sábados por la tarde repartía leches jugando a videojuegos. Los sábados por la noche… hacía cosas privadas.

Esta historia, como muchas otras a lo largo de mi etapa universitaria, comenzó con el retorno a las clases después de las vacaciones de verano. Mis compañeros ya llevaban por aquel entonces bastantes meses dedicados a un juego de ordenador en el que dos equipos de cinco jugadores, que encarnaban entre todos otros tantos personajes, luchaban en un entorno de fantasía por acabar con la base del rival. Pese a que ya había invertido tiempo en el pasado en un juego con mecánicas muy similares y a mi reticencia por “aprender” los entresijos de uno nuevo, la presión social me hizo unirme a ellos para jugar algunas partidas. Aunque en realidad siempre preferí el ritmo del otro, el sustituto me satisfacía más por poderlo disfrutar con mis amigos tanto dentro como fuera del campo de batalla virtual.

He aquí una primera similitud con el sexo: mejora mucho con compañía.

No había pasado ni un mes de la primera vez que arranqué el juego cuando estaba compitiendo en un torneo local. Nos habíamos apuntado con un equipo casi compuesto en el evento, con ganas de pasarlo bien y de ver cómo nos comparábamos al resto de jugadores de la zona. Tras un par de partidas amistosas para aclimatarnos comenzamos el torneo superando ampliamente a nuestros rivales en las dos primeras eliminatorias; aunque sabíamos que no éramos grandes jugadores, sí que nos veíamos fuertes y con ciertas posibilidades tras observar al resto de competidores. A pesar de ello, nos tocó una tercera ronda complicada que nos dio la bienvenida con una derrota. No se acabaría ahí porque el enfrentamiento se decidía al mejor de tres partidas.

Las características de este videojuego en particular imponen una gran desventaja a los jugadores noveles. No solo debíamos luchar contra un equipo que tenía más experiencia en el mismo, sino que además se nos penalizaba con menos variedad de personajes y cada uno de ellos con menos fuerza que si los manejase un jugador veterano. La única solución para sortear esta limitación es invertir más horas de juego o, seguramente como prefieran los desarrolladores del mismo, comprar con dinero parte del camino a la victoria. Todo esto, unido a la mecánica del torneo que permitía a cada equipo negar la selección de un par de personajes cada partida, hacía que no tuviésemos mucho margen de maniobra a la hora de escoger los cinco personajes con los que jugaríamos.

Resumiendo: los más ricos pueden conseguir rápidamente lo que los pobres debemos obtener a base de duro trabajo.

Como venía siendo habitual, antes de la segunda partida nos reunimos con el equipo rival para determinar los héroes prohibidos y seleccionados por cada bando. No pudieron contener unas risas cuando escogimos a un pequeño personaje considerado como de broma y poco competitivo, aunque poco después se les quitaría de la cara cuando les ganamos el segundo enfrentamiento con nuestra nada habitual composición de personajes.

Como suelen decir: el tamaño no importa.

Bueno, en realidad el pequeño personaje no fue especialmente decisivo en la partida, así que olvidaos de eso último.

No pudieron contener unas risas […] aunque poco después se les quitaría de la cara

En la tercera partida se pusieron más serios y decidieron gastar uno de sus dos bloqueos en evitar que volviese a elegir al único personaje que yo había jugado en todo el torneo. Por desgracia no es que fuese simplemente mi campeón preferido, sino que, debido a la falta de práctica, era casi el único que era capaz de manejar a un cierto nivel. En la tercera partida nos consiguieron derrotar, en buena parte porque yo no pude aportar mucho valor al esfuerzo de mis compañeros. Nosotros quedamos desclasificados del torneo mientras que ellos consiguieron llegar a la final y quedar segundos. No pudimos considerarlo injusto pero sí que nos vimos más que fuertes para la práctica que llevábamos.

Por el torneo también andaba un vecino de uno de nuestros integrantes que, una vez jugada la final, tomó el puesto de uno de nosotros y jugamos una revancha amistosa contra los que nos habían eliminado. Les pasamos por encima con una victoria tan clara y limpia que de alguna manera sentimos que fue una pena no habernos inscritos con esa alineación. Al menos así se lo hice ver, incluyendo el detalle de que ellos cuatro podían conseguir mejores resultados en futuras competiciones buscándome un sustituto con más experiencia que la mía. Y me hicieron caso, pero solo en parte porque me volvieron a llamar a mí.

Fue exactamente como esos rollos de una noche que se van de las manos y duran varios meses.

Con ellos fui aprendiendo los entresijos del juego y consolidándome en mi rol de jugador de apoyo hasta que vimos un torneo serio donde podríamos poner a punto nuestras habilidades. Era en verano y teníamos casi dos estaciones para prepararnos algo mejor hasta entonces, así que establecimos unos horarios nocturnos para poder jugar todos juntos a modo de entrenamiento. Entre eso, los otros entrenos oficiales del fútbol americano, el gimnasio y mi vida social y académica como universitario, tenía unas rutinas semanales bastante ocupadas. Pero aún así me las arreglaba para tener tiempo para todo.

Después de todo, siempre encontramos un hueco para aquellas actividades que más nos satisfacen.

El día que comenzaba, pusimos rumbo al pabellón de deportes donde se disputaría el torneo de nuestro juego, además de varios otros que también estaban de actualidad por aquel entonces. Subidos los cinco en un mismo coche, incluyendo los ordenadores, ropa y útiles de higiene, se nos hicieron más que largos los 200 kilómetros que nos separaban de nuestro destino. Una vez allí tuvimos tiempo de jugar algunas partidas de calentamiento y de improvisarnos unas camas sobre el suelo del pabellón: las partidas no comenzarían hasta la mañana siguiente.

Poco antes del torneo había intercambiado roles con el encargado de jugar uno de los personajes de corte ofensivo, más por presiones del resto del equipo que por iniciativa de ninguno de nosotros dos. A pesar de la relativa falta de práctica no salió nada mal ya que encontramos un par de personajes que se compenetraban bien y que nos ayudaron a superar las primeras rondas en las que todos los miembros del equipo lo estaban haciendo bastante mejor que la oposición. El resto de rondas marcharon según lo esperado y, aunque jugamos bastante bien, terminamos el torneo a una victoria de estar en los puestos que recibían premio. Nos marchamos de allí con la sensación de haber aprendido bastante y con ganas de volver para ganarlo en su siguiente edición.

Pero unas semanas más tarde analicé la situación y decidí dejar el equipo y el juego, más que nada para poder disponer de más tiempo para el resto de actividades. Esto supuso la disolución del equipo hasta que en marzo, una vez pasados los exámenes de la universidad, nos juntamos todos por casualidad y jugué mi primera partida después de medio año con la misma compañía que la última. Como era de esperar, no pasaría mucho tiempo hasta que volvimos a pensar en competir y en prepararnos para nuestro torneo veraniego preferido.

Fue como el sexo de reconciliación: aquí viene un chiste, pero no se me ocurre nada.

Aparecían nuestras fotos, nombres y biografía, como si fuéramos los futuros Van Halen

Entre partida y partida uno de nuestros compañeros nos comentó que había un pequeño equipo amateur dedicado a los videojuegos competitivos que deseaba expandirse más allá de los juegos de disparos hechos para consolas y había pensado justamente en el nuestro. No estuve al tanto de los detalles de la negociación pero poco después estábamos jugando bajo un nuevo nombre ganando la posibilidad de participar en torneos en línea de pago sin tener que poner un euro de nuestro bolsillo. Esto nos ayudó bastante a progresar aunque exigía más compromiso por los horarios y nuestros resultados no eran especialmente destacables. También aparecían nuestras fotos, nombres, pseudónimo y una pequeña biografía en la página del equipo, como si fuéramos los futuros Van Halen de los videojuegos.

Entre otras cosas también contábamos con un amigo que no jugaba habitualmente con nosotros pero que lo incluimos en el equipo a modo de mánager. Esto nos vino estupendamente para ayudarnos con las inscripciones, planificación y, especialmente, para repartirnos los seis en dos coches y no ir al torneo apretados como en una lata de sardinas otra vez. Teníamos hasta una cama hinchable, todo pintaba bien. Una vez empezada la competición superamos las primeras rondas sin problemas y un fallo en la red nos obligó a repetir desde el principio la partida decisiva de los cuartos de final en la que teníamos todo en contra, clasificándonos así para las semifinales. Y algo curioso sucedió en ese momento, otro competidor que ni conocía vino a desarme suerte y ánimos personalmente para el próximo enfrentamiento; resulta que yo había hecho una buena partida contra su equipo en uno de los torneos en línea y todavía me recordaba por mi nombre de juego. Me empezaba a gustar lo de sentirme como Eddie Van Halen.

Y eso que algunas parejas que tuve me recuerdan menos que al batería original de Fangoria.

En las semifinales y en la repesca no pudimos hacer demasiado contra los equipos que nos enfrentamos. Yo, particularmente, fui totalmente aniquilado por mis rivales directos, conduciendo en parte al resto del equipo a la derrota a pesar de sus esfuerzos. Por lo menos, debido a nuestro resultado, conseguimos un premio en metálico que nos compensaba buena parte de los gastos del viaje. Ya en el coche volvimos comentando los fallos y las posibles maneras de reconducir las pasadas derrotas en una lección para el futuro. Pero realmente no las podría poner en práctica porque dos días después me echaron del equipo por no estar al nivel.

Ahí se acabó todo: no he tenido ni ganas de volver a arrancar el juego y la amistad se mantuvo con todos los excompañeros. A toro pasado puedo decir que no estoy especialmente orgulloso de haberle dedicado tanto esfuerzo a un videojuego y mucho menos lo admitiría en persona, pero no se puede decir que en cada momento no haya hecho lo que realmente me apetecía a pesar de lo que puedan pensar los demás.

Y eso también se aplica a algunas cosas que sucedieron en la cama.