Encarcelados

Hace un par de años, tuve una discusión con un compañero de facultad sobre la insensibilidad. Por aquel entonces, ambos éramos voluntarios de una ONG (en mi caso, más por buena voluntad que por compromiso real) e intentábamos idear una campaña que empujase a la gente a comprometerse. Empujar es exactamente la palabra; yo no quería simplemente animarles, yo quería que se viesen “emocionalmente forzados”, que se sintiesen culpables por vivir al margen de la miseria existente en el mundo. Pronto me di cuenta de que jamás lograría mis propósitos, por una sencilla razón: ni siquiera yo, que ya estaba dentro, me sentía golpeada por los datos que nos proporcionaba la dirección de la ONG. Propuse imprimir carteles con niños desnutridos, pero a mi compañero no le convencía: por lo visto, las ONGs en la actualidad reprueban las campañas destinadas a «producir lástima» y rechazan todos aquellos términos que suenen crudos, como pobreza o subdesarrollo, y los sustituyen por otros como «economías desfavorecidas».

No supe hacerle ver que solo las cosas que tocan las vísceras nos mueven y que difícilmente lograríamos que nadie se sintiese impelido a colaborar mostrándole estadísticas de desnutrición y de alfabetización en el África subsahariana. Para mi sorpresa, él afirmaba que aquellos datos, sumados a su sentido de la Justicia (así, con mayúsculas), le hacían sentirse realmente abatido. No cedió cuando le dije que, por el contrario, la mayoría necesitábamos que nos pusieran la miseria bajo la nariz para sentirla.

El reportaje “Encarcelados”, emitido el pasado martes en Antena 3, me sirvió para confirmar mi hipótesis. Los reporteros viajaban hasta Bolivia para mostrarnos la situación de varios presos españoles recluidos en las cárceles de la ciudad de Cochabamba, consideradas de las más peligrosas del mundo. Mi primera impresión fue de incredulidad: el cámara tenía que solicitar permiso a los propios presos para grabar, pues eran ellos quienes se encargaban de mantener el orden dentro de la cárcel, la policía no pasaba de la puerta. ¡La cadena que cerraba la cancela la habían pagado los presos con su dinero!

Lo que había en el interior era un infierno organizado. Ciertos presos de “estatus”, llamados intendentes, pasaban lista dos veces al día. Los demás reclusos (más de ochocientos) se arracimaban en el patio de una prisión concebida para alojar trescientos internos. Entremezclados, se encontraban sus mujeres y sus hijos. Debido a que era una cárcel de «régimen abierto», los presos podían traer a sus familias a vivir con ellos. (Alguien en el gobierno boliviano debe creer sinceramente que un hogar sin padre es el-peor-clima-en-el-que-se-puede-criar-un-niño).

La mayoría necesitábamos que nos pusieran la miseria bajo la nariz para sentirla

El comedor, el economato y la biblioteca también eran dirigidos por los propios presos y todos, previo pago, tenían derecho a estos servicios. Era necesario pagar para dormir en una celda; comprarla costaba unos mil euros, alquilarla, unos cincuenta euros al mes, que recibía el propietario. Las celdas tenían el techo bajo en su mayoría, algunas eran altillos en los que había que meterse de costado.

Sobra decir que todo este dinero, junto con el obtenido del tráfico de alcohol y drogas, iba a parar a los bolsillos de los intendentes. No hace falta mucho más para entender quiénes pagaban las cadenas. La situación de los presos españoles era especialmente penosa, debido, en parte, a que los bolivianos se empeñaban en culparles de los crímenes cometidos por los españoles en la conquista de América. Además, les sometían a constantes extorsiones: venían de un país rico comparado con Bolivia, era obvio que podían pagar. Un empresario catalán, condenado por tráfico de drogas (como todos los españoles que aparecían en el reportaje), relataba su experiencia. Para sacarle dinero, le habían metido en un cubo de agua en el que introdujeron cables eléctricos, le habían quemado brazos y cara, le había propinado palizas. Había tomado la resolución de suicidarse cuando su compañero de celda le ofreció fumar de su cocaína. A partir de entonces los golpes habían dejado de doler.

Testimonios como este se sucedían en el reportaje: había un canario que estaba recluido en la celda de castigo por hacer la competencia a los traficantes “oficiales” de alcohol, un gallego que decía haber encontrado a Dios en una celda plagada de cucarachas, un madrileño que había perdido todos los dientes por los golpes recibidos en la cárcel. Este último, de profesión biólogo, tenía la desgracia de pertenecer al grupo de quinientos presos que dormían apiñados en el suelo de los pasillos.

Sé que mi descripción puede resultar lejana y falta de sentido, pero a mí, que me levanto por la mañana con (relativas) ganas, que me río y que sigo viviendo tranquila aun siendo consciente de las desgracias que ocurren en el mundo, me escocía algo adentro al ver a esos hombres hechos y derechos dormir en el espacio de una baldosa, dejarse caer mecidos por la droga. Y me invadió la rabia contra un estado que permite que sus ciudadanos sean maltratados como si fuesen algo peor que delincuentes. Y, justo después de la rabia, me inundó el miedo de vivir en una sociedad que identifica justicia con castigo y que olvida que ser justo supone tratar al hombre ni más ni menos que como a un hombre.