Otoño VIII

Dos años han pasado ya desde que echó a andar terrae con un número #0 repleto de ilusiones e incertidumbre. En estas dos vueltas al Sol, por nuestra revista han pasado más de una veintena de voces de todas las edades, procedencias y formas de entender la vida. Todas y cada una de ellas han contribuido en su medida a que nuestro proyecto se haya asentado en este rincón de la red, desde el que hemos podido transmitir aquellas historias que nos han parecido interesantes a miles de lectores de todo el planeta. terrae no sería nada sin sus colaboradores, que ofrecen su perspectiva única con cariño y dedicación, y tampoco sin sus lectores, que reciben y acogen nuestros contenidos con la confianza de que podrán entretener sus días y enriquecer sus almas. Por tanto, felicidades de corazón a los que estáis a un lado y a otro del cable.

Nuestra revista pretende ser un foro de encuentro de sensibilidades de todo tipo, trascendiendo las diferencias y ensalzando el privilegio que supone poder compartir ideas. Si bien nuestro contenido se presenta principalmente en forma de artículos, valoramos la pluralidad que pueden aportar otras manifestaciones artísticas. En otras ocasiones, tuvimos la fortuna de contar con colaboraciones en forma de ilustración. Para este otoño, nuestro amigo Alberto del Peral se ha decidido a tomar la palabra para ilustrarnos acerca de una enfermedad poco conocida que, además, él mismo conoce de primera mano. Y lo hace con el poema que reproducimos al final de este editorial.

Alberto padece Hirayama. La enfermedad de Hirayama o atrofia monomélica es una enfermedad rara que afecta a la neurona motora inferior y que se caracteriza por la debilidad y atrofia muscular en la parte distal de las extremidades superiores. No es mortal ni progresiva, afecta sobre todo a varones, y aparece en la juventud. Se observa principalmente en los países asiáticos, con solo unos pocos casos diagnosticados en el mundo occidental, la mayoría en Norteamérica. En España, los casos son contados. Para dar una idea del grado de desconocimiento de este trastorno en nuestro país, valga el dato prosaico de que ni siquiera cuenta con una página en Wikipedia. La enfermedad de Hirayama no tiene cura a día de hoy. Los tratamientos actuales se limitan a mitigar el dolor que provoca con ejercicios de rehabilitación y medicación analgésica.

A través de este editorial, nos gustaría contribuir a dar visibilidad a esta enfermedad y animar a cualquier profesional de la medicina que se encuentre entre nuestros lectores a investigar sobre ella e incorporarla al debate médico en su ámbito de influencia.

Con este propósito, y sin más preámbulo, os dejamos con Alberto.

Nueve años hacen ya desde aquella noche fatídica.
Quizá hay quien lo llamaría mi otro nacimiento.
Yo coincidiría de no ser por el tormento
que tanto me ha supuesto esa triste fecha crítica.

Hablo de la noche en la que ocurrió el accidente
que propició que mi enfermedad se desvelara.
De otra forma pudo ser que siempre lo ignorara
y por cuyas consecuencias vivo en mi presente

Enfermedad de Hirayama, sufrida por pocos
y conocida o estudiada incluso aún por menos,
y que, al ser tan escasos los que la padecemos,
jamás lograremos ponerla bajo los focos.

Por eso recurro a mi afición de la poesía,
ya que se dice que poseo un innato talento,
para hacer este bien llamativo llamamiento
y dar a conocer mi extraña patología.

Se trata de una mielopatía cervical
que es bastante más frecuente en jóvenes varones
y en asiáticos (yo no lo soy, ¡manda cojones!),
que causa en sólo un brazo una amiotrofia distal.

Y conlleva la pérdida de fuerza y destreza
de la musculatura en mi mano dominante,
excepto el supinador largo, ¿no es fascinante?
Sólo es otra peculiaridad de esta rareza.

Aunque hasta ahora me defendía de maravilla
en los tests pidiendo más tiempo para escribir,
que escribo más lento siempre tengo que insistir,
ya es una tortura hasta la labor más sencilla.

Pues desde hace un año y medio, quizás algo más,
he empezado a tener un dolor inaguantable,
cuyo origen me es completamente inexplicable,
que tampoco cede con analgesia, además.

La palabra para describirlo es alodinia
y ya esta mi sueño interfiere, pues se conoce
que incluso me duele de las sábanas el roce
y calmarlo es desde hace meses mi buque insignia.

Si hay quien aún no le parece una estampa dura,
imaginad en si es o no lo es una gran pifia
el que te duela hasta una simple y gentil caricia,
mientras desespero por que alguien halle una cura.

Como a día de hoy aún no existe una solución,
no me queda otra que aguardar con mucha paciencia
el momento en que se decida a avanzar la ciencia,
sí agradecería cualquier colaboración.

Leed el poema y, con algo de suerte, espero
que lo difundáis, por lo menos de boca en boca.
Que todo el mundo sabe que toda ayuda es poca
y que no se me quede al final en el tintero.

Si queréis saber algo más sobre éste mi mal
o que yo os aclare mejor algún otro punto
sobre este particular y más que raro asunto
contactadme sin dudar: Alberto del Peral.