Tempestad

Sucedió una tarde de junio. Yo estaba empaquetando las pertenencias que había decidido que merecían volver a España conmigo al día siguiente. Por las ventanas abiertas de mi habitación, montadas en la cresta de la ola de calor, se colaban las notas de un pianista. Era uno de los privilegios de mi habitación boloñesa: vivía al lado del Museo de la Música, que organizaba con frecuencia conciertos de los que yo disfrutaba gratuitamente, acostumbrando mi oído a reconocer a los genios musicales de todas las épocas como un vecino de la Castellana distinguiría un zig-zag de Butragueño de un zambombazo de Cristiano solo por el bemol o el sostenido del clamor de la multitud.

El proceso de selección no era fácil. Decenas de objetos, prendas y trastos se hallaban desperdigados en el parquet esperando que mi dedo divino les reservara un lugar en el limitado equipaje. De lo contrario, yacerían indefinidamente en aquella habitación, esperando que el siguiente inquilino, con espíritu fresco y renovadas aspiraciones, les diera un final deshonroso en cualquier contenedor. Una vez determinados los pasajeros que sin duda debían estar, y aquellos que con la misma certeza habian cumplido su función, mis ojos se posaron en unos pocos chismes cuyo destino debía todavía asignar. Al igual que el votante indeciso espera al último momento para definirse, un puñado de recuerdos de dudosa utilidad se resistían al desahucio.

Tras encargarme con dispar resultado de una máscara de carnaval, una pulsera de falsa plata -sin duda regalo etílico de alguien que olvidé-, un gigantesco trofeo del torneo de fútbol del otoño anterior, un diploma de barman, y un sórdido soldadito de metal, solo quedaban encima de la mesa vacía un par de folios con mi letra. Aquellos no eran folios normales: pesaban una tonelada. Y sonreían. Sonreían burlones para restregarme tal vez un paso que nunca di, tal vez un remordimiento que no olvidé. Cogí los folios meditando. Tirarlos sería desprenderme para siempre de una parte de mi camino, guardarlos me obligaría a pagar el suplemento de sobrepeso en el aeropuerto.

Aquellos no eran folios normales: pesaban una tonelada

Inmerso en aquella encrucijada, me despertó un estruendo inesperado. Al asomarme a la ventana, percibí que el día se había oscurecido por completo, y que una cortina de agua surcaba súbitamente el patio, impidiéndome ver el fresco renacentista que se encontraba a solo unos metros de mi ventana. Aún con los ominosos papeles en la mano, asistí al carrusel de rayos y truenos enardecidos que habían transformado una apacible y soleada jornada veraniega en un impactante vendaval.

En aquel momento, casi sin pensar, comencé a romper en pequeños trozos aquella carta que minutos atrás se me antojaba casi sagrada, y mientras dejaba que la furia del viento y el agua la despedazaran aún más, comencé a sentir cómo me invadía la liviandad más absoluta. En mi última tarde italiana, junto con mi liberación de una anécdota que ahora recuerdo con gratitud, sellé mi historia de amor con las tormentas.

El romance había comenzado mucho antes. Desde muy pequeño, ya sentía fascinación por las sacudidas majestuosas que hacían temblar mi pecho como el bajista de Iron Maiden a los espectadores de primera fila en un concierto. Las norteñas tardes de invierno en casa de mi abuela eran prolíficas en fenómenos meteorológicos de muy diversa índole, y así descubrí que en otros tiempos, a los rayos se les temía más que al hombre del saco, ventanas cerradas y rosario en mano para acogerse a Santa Bárbara, de quien solo se acordaban—en esto no hemos cambiado—cuando tronaba.

Yo, lejos de guardar esa prudente impronta genética, abro mis ventanas de par en par

Yo, lejos de guardar esa prudente impronta genética, abro mis ventanas de par en par, me asomo al balcón más cercano y me dejo mojar sin rubor mientras admiro la fuerza de la Naturaleza. Cada descarga me sobrecoge más que la anterior, y como si se tratara de un espectáculo de fuegos artificiales, permanezco atento para identificar el lugar exacto donde puede aparecer la próxima.

Esta exuberancia inabarcable es lo que me cautiva de las tormentas. Y sin embargo, lo que realmente me enamora, lo que me hace seguir disfrutando de todas y cada una de las tempestades que el destino pone a mi paso, es su efecto catártico. Cada vez que termina una tormenta, siento que vuelvo a empezar. Los asuntos pendientes se difuminan, y si alguna sensación de angustia me rondaba, se marcha con el último relámpago. Así como las golondrinas determinan su ciclo vital alrededor de las migraciones, el mío se cuenta por tormentas. El agua que descarga el cielo se transforma poco a poco en el lastre que yo suelto. Bajo el fragor de la única batalla que merece la pena, he compartido algunos de mis mejores momentos de amor y amistad.

El agua que descarga el cielo se transforma poco a poco en el lastre que yo suelto

De la existencia de numerosos cazatormentas, colijo que no soy el único fascinado por este fenómeno. Imagino que entre el gremio de meteorólogos también alguno levantará la mano. Todos ellos, sin embargo, conocen en profundidad las causas, el desarrollo y los efectos de una tormenta, y saben discernir la clase de temporal al que se enfrentan, con la misma frialdad con que un matemático separa una ecuación diferencial exacta de una inexacta. Y, sobre todo, su labor consiste en prever las tormentas.

A mí, por contra, me pillan siempre desprevenido. En numerosas ocasiones he estado a punto de comprarme un libro especializado para comprenderlas en profundidad. Pero prefiero conservar el misterio del truco de magia que más me seduce. Cuando veo cubrirse el cielo de nubes negras y oigo el desasosiego histérico de los estorninos, sé que toca parar el mundo, sentarme a disfrutar y, de nuevo, partir de cero.