Un paseuco

Llevo viviendo desde que nací en una de las ciudades más especiales del mundo. Un pequeño paraíso oculto en el norte, que los telediarios siempre pasan por alto—parece ser que entre Asturias y el País Vasco no hay nada—, pero si tienes un hueco en la agenda y decides venir a visitarnos estoy convencido de que Santander no te dejará indiferente.

Sin embargo no es fácil llegar a querer a la pequeña marinera, se requiere mucha paciencia y tiempo. En invierno podemos pasarnos semanas sin ver el sol: el cielo estará repleto de nubes grises, que unas veces te calarán, sin que te des cuenta, con un suave chirimiri; mientras que otras parecerá que el cielo se te cae encima. Añadamosle un poco de viento para que se te rompa el paraguas y parecerá que has llegado a casa nadando. Santander te estará mostrando entonces su peor cara: sé paciente, lo mejor está por llegar y te prometo que merece la pena.

Llegará la primavera y seguirá lloviendo (estamos en Santander), pero siempre habrá un par de días en los que nos visite el viento Sur con su calidez gracias al abrigo de las montañas, llenando las urgencias de dolores de cabeza. Será entonces cuando los santanderinos nos volvamos locos y acudamos en masa a las playas, con nuestras inseparables palas o simplemente a por el primer baño del año en el Cantábrico. A finales de mayo ya empezará a oler a verano en el ambiente, y el Racing jugará los últimos partidos del curso en El Sardinero, en los que celebraremos un ascenso o una permanencia milagrosa o lloraremos un amargo descenso, pero siempre al lado de nuestro viejo, «aunque llueva o sople el Sur».

Con la hoguera de San Juan quedará inaugurado oficialmente el verano. Será entonces cuando Santander se pondrá más guapa que ninguna y cuando más enamore. Las playas se convertirán ahora el gran punto de ocio. Cada santanderino tiene su preferida, y todas tienen algo para engancharte. La primera y la segunda del Sardinero, donde puedes disfrutar de los baños de ola; el Camello, con su peculiar orografía, donde se juntan los grandes maestros de las palas. También es posible que el viento Nordeste haga su aparición, levantando la arena del Sardinero, haciendo que tengamos que refugiarnos en la playa de la Magdalena o la de Peligros, que nos ofrecen protección en el marco de la Bahía con Peña Cabarga de fondo. Pero de entre todas, mi preferida es Mataleñas, alejada de todo: los más de ciento cincuenta escalones que hay que bajar para llegar hasta ella son el pequeño peaje para disfrutar del mejor rincón de la ciudad. Un lugar tranquilo, entre acantilados, donde los móviles no tienen cobertura y que es el sitio perfecto para desconectar de todo.

Habrá un aire de fiesta permanente en el ambiente y siempre encontrarás algo interesante que hacer

Y así entre días de playa, helados de Regma, Capri o Monerris y partidas de palas llegaremos a la semana que todo santanderino tiene marcada en rojo en el calendario. Los que durante el año viven fuera se apresuran a volver, el resto no nos iremos de Santander bajo ningún concepto.

Comenzará la Semana Grande, con el habitual chupinazo desde la Plaza del Ayuntamiento. Se abrirán así diez días para comer de casetas, conseguir algún peluche en las ferias y ver las noches pasar tomando unas cervezas en la plaza de Cañadío, que se pone de gente que da gusto verla y donde te encontrarás a una media de cuatro conocidos por cada diez pasos. Habrá un aire de fiesta permanente en el ambiente y siempre encontrarás algo interesante que hacer: un concierto homenaje a los Beatles en la Plaza Porticada o alguna película del cine de verano en los jardines de Pereda. Como colofón, tendremos los fuegos artificiales desde la segunda playa del Sardinero, cada año más bonitos que el anterior, son el broche perfecto para los mejores días del año.

El verano acabará mientras apuramos los últimos días de sol, volveremos a los estudios o al trabajo, el buen tiempo se irá acabando y los turistas nos abandonarán, dejando Santander casi vacía, pero todos se irán pensando en cuándo podrán volver. Con el otoño volverá el mal tiempo, como si la ciudad se enfurruñara porque el verano ha terminado, pero tú que has pasado el verano con ella y has vivido lo que te ha hecho sentir la seguirás queriendo igual.

Me siento afortunado de vivir en Santander, me encanta bajar al centro, perderme por las calles, pasear distraído, visitando las tiendas o las librerías. Creo que no existe un mejor plan para un sábado por la noche que tomar una cerveza en Cañadío o en el Río de la Pila o pasar los viernes por la tarde sentado en los bancos del parque de Mesones sin pensar en nada, recordando con los amigos todas las historias que hemos vivido juntos en esa ciudad que es vuestra casa. Santander es mi gran amor.