Trigger

Trigger significa gatillo. Es el nombre que Roy Rogers eligió para un caballo palomino del que se encaprichó durante una de sus películas, allá por 1938. Su nombre original era Golden Cloud, pero es evidente que semejante denominación no era compatible con la imagen de duro vaquero. Por eso, tras adquirirlo en propiedad, tuvo que rebautizarlo. Trigger.

Ésta es una historia que empieza en 1969, o quizás un poco antes. Todo depende, como casi siempre, de dónde quiera fijarse el comienzo. Aquel año, un tal Shot Jackson—guitarrista, restaurador y vendedor de guitarras—recibió en su tienda de Nashville una acústica clásica. Era un modelo N­20, de Martin. El pedido llegó directamente desde la fábrica de la mítica marca en Pennsylvannia. Allí habían ensamblado los componentes del instrumento, pulido y lacado la guitarra. Poco antes en el tiempo, las pistas comienzan ya a dispersarse: la tapa armónica provenía del indefinido territorio conocido como Noroeste del Pacífico y estaba hecha de madera de abeto Sitka; los laterales y la parte trasera eran de palisandro brasileño; el cuello, de caoba del Amazonas; el diapasón y el puente, a base de ébano africano, mientras que las clavijas de bronce habían llegado desde Alemania. Podría parecer suficiente mundo para una guitarra. Nada más lejos de la realidad.

Cuando un hombre llamado Willie Hugh Nelson compró la guitarra en 1969, ya llevaba más de diez años de carrera musical intentando hacerse un hueco en el panorama country. Era propietario de una granja de cerdos y empezaba a alejarse de la treintena con un fracaso matrimonial a sus espaldas y un mal contrato discográfico sobre los hombros. Aquella adquisición cambiaría su vida para siempre. Y también la de la N­20 con el número de serie 242830, quizás la guitarra con la voz más reconocible de la historia.

Era propietario de una granja de cerdos […] un fracaso matrimonial […] y un mal contrato discográfico

Caprichos del destino, Willie nunca la hubiese adquirido si un borracho no hubiese pisado su 800C, la guitarra que le había regalado la empresa Baldwin un año antes. La banda se encontraba en plena gira y aún así Nelson hizo llevar el maltrecho instrumento hasta Nashville, donde las manos de Shot Jackson certificaron la jubilación forzosa de aquella eléctrica clásica. Fue el propio Jackson el que, telefónicamente, le comunicó la mala noticia al cantante. En la misma conversación le ofreció la N­20 que Martin había lanzado para introducirse en el mercado de la guitarra española. Nelson dudó. Martin tiene fama de hacer buenas guitarras, le insistió Shot. Cuánto. Setecientos cincuenta dólares. Exactamente lo mismo que Nelson acababa de pagar por un caballo de rodeo. ¿Una señal? Trato cerrado.

Hasta ese momento nada hacía presagiar que juntos estaban a punto de embarcarse en una aventura extraordinaria. Ustedes ya lo sospechan, otros muchos ya lo saben, pues de lo contrario jamás se hubiese escrito este artículo, pero todo iba a cambiar en la vida de Willie Nelson. Durante años había buscado sin descanso ni éxito la guitarra adecuada. El sonido deseado era el de Django Reinhard. Lo había intentado con su primera Stella, con una Fender Stratocaster, o probando indistintamente Gibsons y Martins, cuerdas de nailon o de acero. También lo había intentado con guitarras eléctricas, como las Fender Jazzmaster y Jaguar o la Epiphone que le regaló su esposa. Nada conseguía asemejarse a aquel sonido del pionero guitarrista de jazz belga que tanto ansiaba conseguir. Al final de la década de los sesenta, Willie empezaba a sentirse desquiciado. Además de sentirse lejos del músico que quería ser, su compañía, la RCA, seguía sin permitirle grabar personalmente el sonido de sus propios discos. Fue entonces y de la mano de su nuevo instrumento cuando comenzó un viaje de exploración interior cuya última estación era la de convertirse en artista. La vida e ideas del conocido como Profeta Durmiente Edgar Cayce, los pensamientos del reputado y espiritual autor libanés Kahlil Gibran y la marihuana fueron algunos de los primeros impulsores de esta transformación.

Como quiera que en toda gran historia siempre debe haber algo de casualidad, en 1970 un inesperado incendio arrasó la casa de Nelson. Fue la excusa perfecta del destino para permitirle huir de Nashville junto con una de las pocas propiedades que se había salvado de las llamas. Sí, la nueva Martin N­20. Los meses que pasaron a solas durante la reconstrucción de la casa les unirían para siempre y, aunque Django usaba una Selmer de cuerdas de acero y las de su Martin eran de tripa, había algo de bravura dulcificada en la profundidad de su sonido que les hacía asemejarse.

La guitarra demostró llevar la voz cantante de una carrera cuyo estilo comenzaba a girar

A su vuelta a Nashville, el nuevo sonido le abrió las puertas de la compañía Atlantic, que le garantizó la libertad creativa de la que siempre había carecido. Tras mudarse a Texas, su trabajo Shotgun Willie fue la presentación social del nuevo dúo en el que la todavía desconocida guitarra ya demostró llevar la voz cantante de una carrera cuyo estilo comenzaba a girar.

Apenas un año después, el roce del dedo anular de Nelson al tocar la guitarra  comenzaba a hacer manifiesto el prematuro desgaste de la Martin N­20, que lucía un pequeño agujero junto al puente. Nada por lo que preocuparse. Juntos estaban alcanzando una simbiosis cada vez más completa y el artista se sentía capaz de tocar cualquier cosa con su guitarra. El empaste de acordes y voz se fue perfeccionando como los amores duraderos: a veces iban de la mano y otras en cambio se precipitaban a marchas forzadas, pero siempre con una inconfundible dependencia. En cada concierto, en cada grabación, la crudeza de la conjunción de ambos sonidos se hacía más profunda y el vibrato, más natural. Enfrascados en proyectos cada vez más ambiciosos, el sonido se fue purificando hasta que la caja de resonancia fue capaz de recoger incluso el roce de los dedos empujando cada cuerda.

Mediados los setenta, detener el progresivo deterioro de la guitarra se convirtió en asunto capital y su mantenimiento pasó a ser prioridad. Las de Mark Erlewine, de Texas, fueron las primeras manos que se ocuparon de la maltrecha Martin. Mark limpió la delicada madera de abeto alrededor del agujero y lo selló con laca. Utilizó algodón y bencina para limpiar los restos de piel y madera y volvió a hacer uso de la laca. Fue sólo la primera de unas revisiones cuya periodicidad aumentaría al mismo tiempo que se multiplicaban los ilustres y característicos autógrafos de la guitarra.

Las giras eran cada vez más largas y la música fue conformando su propia idiosincrasia. Noche tras noche, Willie y su guitarra tocaban las mismas canciones, pero jamás las mismas notas. Juntos tocaban tanto los acordes principales como los acompañamientos de los coros, lo mismo rasgueaban que hacían los solos, siempre en el marco de una improvisación infinita con la única premisa de llevar las cuerdas hasta límites que siempre parecían a punto de romperlas. Pero todo éxito tiene siempre un precio.

Willie y su guitarra tocaban las mismas canciones, pero jamás las mismas notas

El paso del tiempo había hecho tan grande el agujero que había dejado de crecer. A cambio, el desplazamiento de la caja de resonancia obligó también a mover las llaves, lo que evidentemente debilitaba aún más la madera tras someterla a nuevas perforaciones. Una mala caída por la zona de la toma de entrada la había empujado hacia dentro, rompiendo la madera de alrededor. Hubo que cubrirlo con un parche metálico y mover el conector a la parte inferior de la guitarra. La manía de Nelson de jugar con las clavijas y girarlas continuamente de arriba a abajo tampoco ayudaba mucho y Erlewine tenía que sustituirlas casi una vez al año. En una ocasión y en plena gira por California, el puente de la guitarra se partió completamente y Rick Turner fue el encargado de arreglarla en apenas veinticuatro horas, menos de la mitad del tiempo estimado para la reconstrucción y el sellado del pegamento. Sin la guitarra, su guitarra, Willie Nelson suspendería el concierto del día siguiente. Rick lo consiguió y la sociedad que formaban pudo continuar su gira. Como siempre, On the road again.

A finales de 1990 la providencia intervino nuevamente en favor de la guitarra. Nelson se encontraba en Hawaii cuando el FBI hizo una redada en su rancho de Pedernales para confiscar todas sus pertenencias. La estrella había estado evadiendo impuestos durante años. Su inseparable Martin N­20 estaba en su furgoneta, aparcada en la calle justo al otro lado de la carretera. Fue precisamente el bien más valioso de toda la propiedad el que se libró del embargo.

Ése fue el momento en el que el artista finalmente la bautizó como Trigger. A lo largo de toda su trayectoria, la guitarra lo había acompañado durante sus momentos más álgidos y, como aquél, también los más bajos. El icono del country, la estrella del rock, era ahora un fuera de la ley, un proscrito, un forajido. Roy Rogers tenía un caballo llamado Trigger. Para Nelson la guitarra era su propio caballo.

Dada la situación, el cantautor tuvo que echar mano de Trigger y, después de más de dos décadas de leal servicio, volver a exprimirla como el primer día. Urgidos a cumplir con su deuda tributaria, afrontaron el periodo más productivo de su carrera, llegando a grabar hasta nueve discos entre 1992 y 1996. Entre ellos, Spirit, el favorito de Nelson. Pero la edad se hacía notar cada vez más, sobre todo en Trigger. Erlewine tenía que hacerle chequeos constantes. De tanto tocar, los trastes se estaban descolgando. Esto generaba una especie de zumbido que obligaba a Nelson a tocar aún más fuerte para conseguir sacar un buen sonido. Erlewine sugirió cambiar los trastes, pero Nelson se negó. Le gustaba el sonido de su guitarra y, mientras no se rompiesen, no iba a cambiarlos.

Roy Rogers tenía un caballo llamado Trigger. Para Nelson la guitarra era su propio caballo.

Desde que la deuda con el gobierno fue liquidada, Willie Nelson y Trigger se han dedicado a sus proyectos más personales. Poseen un estatus de superestrellas consagradas que les permite hacer la música que siempre han querido hacer y trabajar con la gente que ellos mismos deciden. Erlewine sigue siendo el encargado de cuidar de la vieja Trigger. Engrasa el puente y limpia el diapasón, cuya madera está ya tan erosionada que simula olas entre los trastes. Después le aplica la laca, en un proceso que tras haberse repetido en más de cincuenta ocasiones otorga a la guitarra una extraña combinación de colores, en la que las zonas más oscuras son reflejo de trazos de suciedad y piel muerta que ya no pueden ser eliminadas. Luego llega el momento de trabajar con la gubia. Entre rasguños, roces, golpes y marcas de la correa, apenas quedan visibles unas treinta de las famosas firmas y dedicatorias que adornan el cuerpo de Trigger.

Y es que, además de su particular voz, son las pintadas y el agujero lo que hace de Trigger una guitarra icónica reconocible en todo el mundo. El tremendo boquete, según cree el propio Nelson, ayuda a mejorar la calidad del sonido. Así lo han corroborado desde Martin, cuyos diseñadores han estudiado el efecto que la disminución del grosor de la membrana ha podido tener en el sonido. Las dedicatorias, por su parte, son todo un tributo a la memoria y el camino recorrido. Johnny Cash, Kris Kristofferson o Roger Miller son sólo algunos de los que estamparon su firma. Ni siquiera Nelson es capaz de recordar quién dejó su sello en la guitarra; el tiempo, la sangre, el sudor, las cervezas y la erosión han borrado la mayoría.

En palabras de Erlewine, el estado de salud de Trigger es bueno a pesar de su aspecto. Siempre que se exceptúen los trastes, claro. Quizás le obliguen a tocar más fuerte, con mayor flexión, actitud y vibrato, pero a Nelson le gusta su guitarra tal y como es. Aunque durante los conciertos pueda parecer que la trata con descuido y desafección, lo cierto es que siempre ha sido extremadamente cuidadoso con ella. A pesar de su agujero, Trigger no tiene grandes grietas y su cabezal nunca se ha roto. Tanto sus laterales como la parte trasera tienen buen aspecto.

Sólo en una ocasión Nelson ha autorizado una alteración importante en Trigger. Fue en 2008 y el objetivo era cambiar el punto de unión de la correa y la guitarra. Al día siguiente del cambio, hubo que deshacerlo porque desestabilizó todo el balance del instrumento. Trigger sólo hay una y es única tal y como es. Por eso Nelson ha rechazado sustituirla por otros ejemplares del mismo modelo mejor conservados, o por la réplica especial que Martin le fabricó en 1998. No volverá a tocar otra guitarra. Sus carreras, o sus vidas, están irremediablemente ligadas.

Ésta es una historia que comenzó en 1969. Han pasado cuarenta y seis años, cerca de diez mil conciertos y más de un millón de minutos de música. En este tiempo, Trigger ha sonado para el presidente Jimmy Carter y compartido estudio y escenario con Ray Charles o Bob Dylan. Willie Nelson y Trigger han envejecido juntos hasta el punto de llegar a parecerse: ambos viejos, machacados por el tiempo, lucen con orgullo las cicatrices y arrugas de su rostro. Siguen improvisando juntos cada vez que se suben a un escenario, huyendo y regresando a la melodía una y otra vez, como si Nelson tuviese que luchar por domar el caballo de rodeo que da nombre a su guitarra. En cambio, el sonido de Trigger es mucho más suave y se asemeja más a una hoja que se desprende de un árbol y cae lentamente hacía el suelo. Un día esa caída llegará a su fin y Willie Nelson dejará de tocar por no hacerlo sin Trigger. Entonces, se sentará a esperar a la muerte, cerrará los ojos y en el silencio podrá escuchar los ecos de Always on my mind.