Derecho y revés

El destino. Sin que nadie pudiese sospecharlo jamás, nací para jugar al hockey. No es una afirmación que suene seria, tampoco sensata, pero es como lo siento. Quizás no uno muy bueno, pero ser jugador de hockey es para lo que vine al mundo. Soy joven y aún tengo mucha vida por delante. A estas alturas ya sé que el camino que sigo me aleja cada vez más de los terrenos de juego y que lo que realmente logre, la persona en la que finalmente me convierta, difícilmente vuelva a sujetar un palo entre sus manos. Sin embargo, nadie podrá discutirme nunca que esa persona no es distinta de aquel jugador de hockey que durante los mejores años de su vida supo aprender todo lo necesario para triunfar. Aunque nunca lo hiciese.

 

Hubo un tiempo, no tan lejano como puede parecer, en el que yo era un deportista. Hay distintas formas de entender esta palabra: una persona que hace ejercicio y lleva una vida sana, por ejemplo. En ese sentido, aún soy deportista. A lo que me refiero es que, entonces, la idea que yo tenía de mí mismo era la de un chaval que formaba parte de un equipo, que entrenaba duro para mejorar, competir contra sus rivales y salir triunfador de esos duelos. O sea, un deportista. También era estudiante, niño y adolescente, persona. Sin embargo, todas aquéllas eran facetas mucho más difusas y no sólo para mí. La búsqueda de la propia identidad siempre ha requerido explorar, ser valiente, exponerse, saltar al vacío. Yo era un chico tímido e inseguro y prefería aferrarme a mi yo deportista, esa imagen que tan bien conocía y que el resto de chavales de mi edad podía ver en mí.

 

Ser jugador de hockey era mi manera de expresarme. A través de ese personaje fui construyendo todo mi mundo

Había muchos deportes que me gustaban mucho más que el mío. Si me hubiesen preguntado por mi favorito, probablemente hubiese dicho fútbol, tenis, ciclismo. Qué sé yo. Ser jugador de hockey era mi manera de expresarme. A través de ese personaje fui construyendo todo mi mundo. Hoy puedo reconocer que en el colegio o en la calle mi comportamiento no era más que una proyección del que tenía en el terreno de juego. La responsabilidad en los estudios, el gusto por la toma de decisiones, la iniciativa para montar una obra de teatro o ser el delegado de la clase no eran cosa mía, sino de aquel chico con el catorce a la espalda.

 

El complejo juego del hockey, con su sutil y disimulada belleza, ha definido y moldeado mi crecimiento personal. Ha sido testigo y cómplice, causa primera y última de cuanto en mi juventud supuso algún punto de inflexión en mi vida. Fue una cuestión de perspectiva. Quizás no consiga encontrar las palabras que mejor puedan definir lo que el hockey ha supuesto para mí, pero sin lugar a dudas sé cuánto lo echo de menos ahora que sólo puedo escuchar el sonido de la bola golpeando contra la tabla de la portería como espectador.

 

Nunca destaqué con la bola en mi palo. Crecí rodeado de jugadores mucho mejores que yo, pero adoraba la sensación de adaptarme a su engranaje sin desentonar y conseguir ser uno más sin ser tan bueno. Satisfacción es trabajar duro por un objetivo y alcanzarlo, sentir que progresas. Repito, yo no era muy bueno, pero fue el hockey el que me reveló la clase de hombre en el que podría – y puedo – llegar a convertirme.

 

Durante ese precioso instante en el que sabía que todos los ojos estaban sobre mí, no había un niño más feliz sobre la faz de la Tierra

Me enorgullecía el riesgo, el marcado aspecto físico de este deporte que aparentemente excluía a los que éramos más bien enclenques. Me apasionaba el dinamismo del juego, la velocidad de la bola, los detalles que hacían la diferencia. Me regocijaba en las jugadas de estrategia que habíamos preparado y me admiraba la tremenda perfección del reglamento más justo que podría regir un deporte. Disfrutaba compitiendo y, sobre todo lo demás, quería ganar. Me había entrenado desde pequeño para ganar, aunque ahora sé que es la derrota la que resuena en un plano mucho más profundo y cuyas cicatrices me acompañarán siempre. Pero todo eso pasaba a un segundo plano cada vez que conseguía robar la bola y tenía metros por delante para correr. Entonces el partido se jugaba a cámara lenta, el ruido de fondo se distorsionaba y podía escuchar perfectamente las voces de mis compañeros. Durante ese precioso instante en el que sabía que todos los ojos estaban sobre mí, no había un niño más feliz sobre la faz de la Tierra.

 

Hoy todo forma parte del pasado. Hay un rincón al que han volado todos los partidos que jugué, los goles que marqué, los pases que di, las bolas que perdí, las faltas que cometí, los golpes que me dieron. Es el mismo sitio al que han ido a parar los nervios previos a un partido, las charlas en el vestuario, la mentalización que antecede a un gran torneo, la tensión de un penalti-córner, el sudor que cuesta una victoria, el aire que dejaba escapar aliviado cuando el árbitro señala el final de un partido ajustado, la frustración de la derrota.

 

Todo ello y mucho más lo encuentro en el cofre de la memoria, resplandeciente como el brillo dorado de un tesoro. Aún recuerdo cada detalle, cada jugada. Revivo los partidos, sobre todo aquél, una y otra vez. Es la forma que tengo de volver a un tiempo en el que la rutina de mi vida estaba llena de acción y los días pasaban entre entrenamientos, concentraciones y partidos. Cada entrenamiento me dejaba una marca nueva, ya fuese en forma de rozadura, herida o moratón. Los golpes me hacían sentir que estaba vivo. El riesgo de roturas musculares y lesiones tenían el dulce sabor de saber que estaba haciendo las cosas bien. Para mejorar hay que desafiar los límites y yo, desde la primera vez que cogí un palo de hockey hasta la última que abandoné el campo de juego, no hubo un solo día en el que no tuviese dolorida alguna parte del cuerpo, especialmente los dedos del pie.

 

Era consciente de que no podría ser el mejor jugador, pero deseaba con todas mis fuerzas competir en el mejor equipo

Creo que una de las mayores ventajas que tenía era precisamente esa desventaja de talento con la que partía respecto a mis compañeros. Eso me hacía estar dispuesto a más que ellos por ganarme un puesto en el campo. Nunca fui la clase de jugador que corre de un lado para otro sin parar, que se faja con todo el mundo en el aspecto físico y que después de los setenta minutos vuelve a los vestuarios chorreando sudor. Difícilmente puede decirse que fuese un jugador de garra, pero eso no quiere decir ni mucho menos que no lo dejase todo en el campo. Mi mejor arma era la inteligencia. No estoy diciendo que fuese más inteligente que el resto, pero el hecho de no destacar individualmente y necesitar apoyarme en otros jugadores me obligó a comprender el juego mejor que nadie. Dominaba las situaciones de los partidos, sabía dónde colocarme y qué hacer en cada momento. Siempre. Supongo que es algo que me ayudó a tener muchos más minutos de los que en principio pudieran corresponderme. A los entrenadores siempre les ha gustado tener jugadores de esos que asimilan y manejan los conceptos del juego. Gracias a ello yo podía jugar en varias posiciones. A pesar de que siempre he dicho que un jugador polivalente es uno que puede jugar igual de mal en diferentes lugares, creo que en mi caso fue una cuestión de supervivencia: era consciente de que no podría ser el mejor jugador, pero deseaba con todas mis fuerzas competir en el mejor equipo. Aunque quizás dentro de una carrera mediocre, creo que tuve la determinación suficiente para estar en disposición de luchar por cumplir mis objetivos.

 

Fue esa determinación la que me hizo vivir cada momento de mi vida como jugador de hockey. Quería formar parte de un equipo que aspiraba a ser el mejor de España y para ello pensaba veinticuatro horas al día en hockey. Hacía controles orientados por la calle, imaginaba jugadas imposibles durante las clases, desquiciaba a mi madre cuando hacía ejercicios de técnica en el pasillo de casa. Iba a todos lados con un palo y una bola y enseguida estaba dispuesto a contar cualquier anécdota deportiva en cuanto surgiese la ocasión. Es lo que entre nosotros denominábamos hockeyslife. Así, todo junto.

 

Tenía un compromiso total con los objetivos del equipo. Había días de invierno en los que me quedaba a practicar el penalti-córner media hora después de entrenar, aunque estuviese granizando, fuese de noche y tuviese un examen al día siguiente. Nunca me perdí un entrenamiento por tener que estudiar. A veces llegaba a casa y dedicaba una hora a recolocar el mango de mi palo, cubrirlo con papel de periódico para que absorbiese la humedad o pegar tiras de esparadrapo en determinados puntos. Pueden parecer manías, pero en realidad era disciplina.

 

El motivo por el que mantengo que siempre seré un jugador de hockey es porque fue practicando ese deporte cuando aprendí tantas de las lecciones que han resultado impagables de cara a mi porvenir como hombre. Poseo una ética de trabajo consistente, conozco el esfuerzo y el sacrificio por el compañero. Esa milonga que está tan de moda del trabajo en equipo no es nada comparado con lo que yo he vivido. Acepto responsabilidades, soy capaz de tomar decisiones. Si se me asigna una misión, me concentraré al máximo hasta cumplir mi cometido. Conozco el juego duro y limpio como sólo el que ha ondeado la bandera de la deportividad puede.

 

El deporte me proveyó de las aptitudes necesarias para lidiar con las agresiones de otras personas, para conseguir avanzar en la luz y en la oscuridad

Sinceramente, estoy convencido de que la práctica de un deporte es la mejor preparación que puede recibir un niño para enfrentarse a los desafíos con los que se encontrará en su vida adulta. En un sentido metafórico, el deporte me proveyó de las aptitudes necesarias para lidiar con las agresiones de otras personas, para conseguir avanzar en la luz y en la oscuridad. Ha sido el hockey el que me obligó a enfrentarme a rivales más grandes y fuertes que yo sin darme la posibilidad de escapar, forzándome a vencer mis miedos para lograr lo que quería. Pero lo más importante fue que aprendí a respetarme a mí mismo y a valorar mis logros más allá de los resultados. Me hice un hueco en un deporte para el que no tenía las condiciones físicas más apropiadas y me acostumbré a apuntar siempre hacia objetivos ambiciosos, a convivir con la presión del éxito y la gloria y, por supuesto, a aceptar una derrota. Sobre todo, estoy orgulloso de no ser de los que se rinden y de no perderle nunca la cara a los partidos.

 

Estas son las cosas que valoro hoy en día, al darme cuenta de que crecí siendo un completo extraño para mí mismo. Me cuesta reconocerme en las fotos del colegio, por ejemplo, donde la mayoría de las veces sólo veo un joven incompleto, desorientado y lleno de huecos. Dentro del equipo me sentía mejor porque allí conocía exactamente mi papel, lo que cada uno esperaba de mí y por eso sabía desempeñarlo a la perfección. Aunque no siempre fuese fácil. Me gustaba esa parte de mí, el jugador de hockey, a pesar de que tampoco supiese muy bien de dónde venía.

 

Durante todos esos años en los que me limité a ser el jugador de hockey cuyo origen desconocía lo que hice fue construir una imagen de mí mismo, una especie de caparazón. Como el de una tortuga. Exactamente igual que El Caballero de la armadura oxidada, tan impenetrable que he tardado años en encontrar la manera de salir. Y ahora que – creo – estoy libre, sigo asustándome al mirar atrás. No creo que ningún desconocido me haya mirado nunca con una extrañeza mayor que la que siento yo cuando intento desvelar el misterio del chico que una vez fui, del chico que era.

 

En el campo sabía quién era y creo que eso es lo que más echo de menos

No son pocas las veces que he desesperado y desespero sin saber muy bien por qué. En ocasiones, la tristeza se me desborda desde dentro y tengo que mantener el tipo confiando en que no acabe conmigo. No puedo controlarlo. Es entonces cuando vuelvo a pensar en mis días de hockey, porque nunca me sentí así mientras jugaba. En el campo sabía quién era y creo que eso es lo que más echo de menos, porque el hockey es la única cosa que me ha proporcionado un completo y perfecto conocimiento de mí mismo y el mundo que me rodea. Armonía, congruencia. Jugando fui feliz de una forma que escapa al lenguaje y las palabras, hasta el punto de perderme por completo en el juego.

 

Como puede que sea jugar al hockey, en su conjunto y de una forma global y continuada, la cosa que mejor he hecho hasta la fecha me gustaría escribir mi historia. No tanto por lo que he ganado, sino por lo que he vivido y experimentado. Seguramente, si hubiese logrado una medalla olímpica no necesitaría hacerlo: tendría periódicos, videos y reuniones de equipo cada cierto tiempo para recordar la hazaña. Pero la telaraña del deporte no reserva glorias tan grandes para todos los equipos. Por eso necesito contarle a alguien quién fui. Porque no quiero que mi parte más auténtica pueda caer en el olvido. Siempre pensé que es algo que le debía a mi yo jugador de hockey, que por alguna razón pensaba que se había quedado en un arcén de la carretera, anclado en el pasado. Pero estaba equivocado. Porque me encuentro con compañeros y charlamos y recordamos anécdotas y nos aflora una nostalgia extraña, la misma que siento cada vez que me enfrento a un desafío y me sorprendo recurriendo a mi jugador de hockey. Algún día contaré su historia, de la que tanto aprendí.