El voluntario mahout

Bienvenidos a Elephant’s World, donde los humanos trabajamos para los elefantes y no ellos para nosotros.


Cuatro noches antes…

Ya lo tengo todo listo. He preparado la mochila y he repasado la lista dos veces. Incluso la he forrado con papel film transparente, de lo cual me arrepentiré a la mañana siguiente, cuando tenga que transportar mi equipaje hasta el mostrador de facturación y no tenga por donde agarrar mi capullo de mariposa gigante. Error de novato. Lo reconozco, es mi primer viaje de mochilero.

Hace menos de dos meses que mi pareja y yo decidimos esta aventura. Ella quería un viaje diferente, yo quería hacer un voluntariado. Tailandia era el destino perfecto.

Sin tener muy claro cómo, llegamos a saber que allí hay una ONG donde aceptan a voluntarios que quieran ayudarles a cuidar elefantes rescatados. Los requisitos son una estancia mínima de un mes, tener al menos veintiún años y ser capaz de comunicarte en inglés. Los cumplíamos todos, así que solicitamos formalmente hacer el voluntariado.

Ahora estamos esperando el primer avión, Bilbao-París. El siguiente será París-Bangkok. Pero un viaje de este tipo empieza mucho antes de subirse al avión. Vacunas, pasaportes, visados, botiquín para zonas tropicales… Todas esas cuestiones que no piensas cuando viajas por la Unión Europea, en las que no reparas hasta que vas a viajar un poco más lejos, pero que te hacen valorar, entre otros, el concepto de libre circulación de personas del que disfrutamos en la zona comunitaria.

Desde la capital francesa ya sólo nos separan doce horas de nuestro destino en el sudeste asiático: el aeropuerto internacional Suvarnabhumi de Bangkok. Cuando aterricemos, 138 kilómetros de furgoneta hasta el lugar en el que llevamos tanto tiempo deseando estar. Habíamos visto vídeos y leído experiencias de voluntarios anteriores con el fin de imaginarnos cómo iba a ser nuestro próximo mes, pero nada era comparable al maratón de sensaciones que teníamos por vivir.


«Bienvenidos a Elephant’s World»

Así recibimos todos los días a los visitantes. Como voluntarios, nuestra principal función es guiarles por el santuario.

Elephant’s World, «el Mundo de los Elefantes», en Kanchanaburi (Tailandia), es un santuario para elefantes enfermos, viejos o rescatados. Fue fundado en 2008 por un veterinario tailandés, el Doctor Samart, con el fin de ayudar al elefante asiático, símbolo del país de la sonrisa, pero sin derecho legal alguno. En esta ONG, staff, voluntarios y mahouts (término utilizado para los cuidadores) trabajamos para darles una vida mejor. Cuando llegan los visitantes, les explicamos que nuestros elefantes, dieciséis hembras y cuatro machos actualmente, tienen tres pasados diferentes.

Unos han trabajado en la industria maderera, como hacía Somboon, arrastrando troncos (logging) en la selva profunda o en escarpados valles donde los camiones no pueden llegar. Sus desgarradas orejas dan fe de los castigos a los que era sometida cuando, extenuada, ya no tenía fuerzas ni para andar. Rom Sai también había trabajado en los bosques, perdiendo su ojo izquierdo cuando una rama le golpeó en la cara. Las condiciones de trabajo de los elefantes eran tan malas que el Gobierno tailandés finalmente prohibió el uso de estos animales para la tala de árboles en 1989.

Tras la prohibición, los mahouts llevaron a sus elefantes a las ciudades. Para entonces, Malee o Kamoon ya mendigaban por las calles con sus cuidadores, quienes rogaban a los turistas hacerse una foto a cambio de dinero o comida. Pero la ciudad no es el hábitat natural de los paquidermos. Terminan durmiendo debajo de puentes, revolviendo en los vertederos en busca de algo que llevarse a la boca y sus sensibles pies sufren en el abrasador asfalto dado que sienten vibraciones a muy largas distancias. El entorno urbano es tan estresante como perjudicial para ellos, y el tráfico también resulta un problema. Seng Thong solo puede caminar usando tres patas desde que fue golpeado por un camión. Por todo ello, ya no se permite que los elefantes estén en las urbes tailandesas. (Si os encontráis algún caso, por favor, avisad a la policía o a Elephant’s World).

Las condiciones de trabajo eran tan malas que Tailandia finalmente prohibió el uso de elefantes para la tala de árboles

Sin embargo, la mayoría de nuestros animales provienen de los trekking camps, los campamentos donde dar paseos en elefante. Los concebimos como animales poderosos, y lo son, pero en la trompa y en el cuello, con los que pueden llegar a manejar pesos de hasta 500 kilos. Sin embargo, la espalda no soporta más de 100 kilogramos, y sólo la silla metálica que se les coloca para que los turistas paseen plácidamente en su lomo pesa 50 kilos. Cuando dos, tres o cuatro personas adultas se sientan encima, el peso sobrepasa los 150 kilogramos, lo que les causa lesiones graves, en ocasiones permanentes. Tong Kam aún tiene una cicatriz en su costado derecho causada por la silla del último trekking camp en el que trabajó, donde terminó con una hernia discal.

Estos datos son desconocidos por gran parte de los turistas que pagan por dar un paseo en elefante como actividad típica de un viaje en Tailandia, y del que tampoco informan la mayoría de las agencias turísticas, pues hacen un gran negocio con los trekking camps. Tampoco se dice que esta especie necesita estar comiendo entre doce y dieciséis horas cada día, que es justo el tiempo que se les tiene trabajando en algunos de esos campos de explotación donde no se respetan ni sus capacidades físicas ni sus necesidades básicas de alimentación y descanso.

A pesar de las malas condiciones en las que algunos propietarios mantienen a sus elefantes, no hay ninguna posibilidad legal de quitarles la custodia. En muchos casos, cuando a causa de la edad o el estado físico del elefante el dueño ya no va a obtener ningún rendimiento económico con él, lo abandonan o lo regalan a alguna protectora. Cuando Kamoon tenía 50 años, estaba tan cansada y desnutrida que su propietario la sacó del trekking camp donde trabajaba porque ya no entretenía a los turistas. Un buen hombre decidió rescatarla y donarla a Elephant’s World.

En el santuario se recupera a los elefantes y se les da el descanso que tanto se merecen. Han tenido vidas muy duras y no queremos que vuelvan a trabajar. Tampoco cabe la posibilidad de reintroducirlos en la naturaleza, pues han dependido toda su vida del hombre y nunca llegaron a recibir los conocimientos básicos que se transmiten de generación en generación en la manada, como es el caso de las crías secuestradas en los bosques, separadas prematuramente de sus madres. Por su parte, los ejemplares más mayores ya han perdido sus instintos, siendo incapaces de valerse por sí mismos en libertad, razón por la que generalmente cada elefante doméstico tiene asignado un mahout, un cuidador.

Lo primero que hacemos cada día es preparar entre todos los voluntarios el desayuno de nuestros animales. Cada elefante tiene su cesta de fruta. Todos comen sandía, pero Rom Sai no puede comer bananas en esta época del año. Es un macho adulto, está en celo y procuramos que no esté demasiado activo. A Wasana no le gustan los pepinos, y las cuatro sandías más grandes tienen que ser siempre para ella. A algunos les gusta la calabaza y a otros no. Bow es tan mayor, 72 años, que sólo puede comer bananas peladas. Casi todos comen maíz, y algunos incluso son capaces de pelar la mazorca por sí solos, pues manejan la trompa con una habilidad asombrosa.

Los ejemplares más mayores ya han perdido sus instintos, siendo incapaces de valerse por sí mismos en libertad

Otra de las tareas diarias es preparar una comida especial para los más mayores del lugar. La esperanza de vida de un elefante en la naturaleza es de aproximadamente 60 años, momento en el que pierden su último juego de dientes y, ante la imposibilidad de conseguir suficiente comida blanda, fallecen de inanición. Esta sería la muerte natural de un elefante. Sin embargo, en cautividad y con una alimentación especial pueden llegar a alcanzar los 80 años. En Elephant’s World, parte de esta dieta es el sticky rice. Consiste en una pasta de arroz con mango o calabaza que preparamos en bolas recubiertas de polvo de calcio y en las que escondemos unas dosis de vitaminas. Ocho elefantes disfrutan a diario de este snack, y salvo Wasana, que exige que todas las «croquetas» sean del mismo tamaño, ninguno perdona una sola bola. Un orgulloso ejemplo de esta teoría es Aum Pan, que pasea con buena salud sus 79 años, aunque también influye que no ha tenido una vida tan dura como el resto de sus compañeros. Sus propietarios la usaban para ceremonias familiares y, cuando decidieron que querían que fuera parte de una manada, la escoltaron hasta el santuario, hicieron una ceremonia de bienvenida, y pasearon con ella hasta que se acostumbró a su nuevo hogar y sus nuevos amigos.

Los elefantes se bañan cada mañana en el río. Los mahouts les dejan refrescarse y jugar en el agua, mientras voluntarios y turistas contemplamos maravillados una de las escenas más bonitas que la mayoría de nosotros jamás ha presenciado.

Sin duda alguna, mi momento favorito del día es el rato que los elefantes pasan en la piscina de barro. Nosotros usamos cremas y repelentes para protegernos del sol y los mosquitos, pero ellos, más naturales, se cubren de polvo y barro. Es divertido observarlos mientras se revuelcan felices en el lodo. Pero lo que hace que estos instantes resulten tan especiales para mí es el hecho de que los elefantes estén solos, sin humanos de por medio, y se comporten como lo harían si estuvieran en libertad.

Parece que, al menos por una hora, son libres. Y así, puedes observar las relaciones sociales entre ellos. Malee, Kamoon y Somboon, que fueron los tres primeros ejemplares en Elephant’s World, pasean siempre juntos y no quieren que ningún otro elefante se una a «los 3 mosqueteros», salvo Rom Sai, que es bien recibido. Por su parte, Spy y Hong Tong, los más pequeños—cuatro y cinco años respectivamente—son inseparables a pesar de no ser hermanos de sangre. Uno nació en untrekking camp y el otro vagabundeaba en las calles de Bangkok antes de ser rescatados. Pero aquí, bajo la cercana protección de Nemochi, su madre adoptiva en el santuario, forman una unidad familiar de lazos inseparables. Quien sí tiene vínculos sanguíneos con Nemochi es To-Me, su abuela. Las tres generaciones habían coincidido en un trekking camp antes de venir a Elephant’s World y esperamos que, en un futuro, podamos rescatar a la madre, que pertenece a un propietario diferente, para que la familia pueda descansar unida de nuevo.

Mientras unos se bañan y otros simplemente pasean alrededor, son muy visibles los pequeños grupos que se forman dentro de la manada. Esto es debido a que, en libertad, los elefantes viven en grupos donde todos los integrantes son parientes. Liderados por la abuela, la matriarca, conviven madres, hijas y sobrinas, mientras que los machos se independizan una vez alcanzan la madurez sexual. Sin embargo, los elefantes rescatados en Elephant’s World no tienen generalmente relación y provienen de muy distintas partes de Tailandia, por lo que unos llegan a ser amigos enseguida y otros, simplemente, no se gustan, razón por la que se evita que todos ellos estén juntos sin supervisión de los mahouts.

Dos elefantes habían coincidido en un circo y se reencontraron 23 años más tarde, expresando una gran alegría

Además de ser un animal social, otra de las señas de identidad de esta especie es su memoria. Nos contaron la anécdota de dos elefantes que habían coincidido en un circo y se reencontraron veintitrés años más tarde, reconociéndose al instante y expresando una gran alegría mutua.

También se sabe que celebran funerales, permaneciendo unos días alrededor del familiar recién fallecido, o que acuden anualmente a visitar el lugar donde murió un miembro de la manada. Songkran llegó al santuario a la edad de 70 años, tan débil que dormía de pie apoyando la cabeza contra un tronco. pues Cuando se acostaba en el suelo era incapaz de levantarse por sí sola, al igual que cuando era empujada por algunos de los elefantes del santuario, que rechazaban en el grupo a un ejemplar tan débil. Tras cuatro años de cuidados intensivos y una alimentación diaria, recuperó tanto su salud como su confianza, siendo capaz de integrarse de nuevo en la manada y vivir dignamente seis años más. Nos contaron que, cuando falleció, se oyeron elefantes salvajes chillar al otro lado del río, en las montañas donde vive una manada en libertad, grupo al que tal vez pudo pertenecer Songkran cuando nació.

El caso de Johnny es, sin duda, un caso especial. Se trata de un macho de ocho años rebosante de energía y siempre con ganas de jugar. Es joven, no trabajó en el logging o en trekking camps, sino que fue un elefante callejero en Bangkok y, a diferencia de la mayoría de sus compañeros, no había sufrido el phajaan, cruel proceso consistente en «romper el espíritu del elefante». Existe la salvaje tradición de, con el fin de domesticar a un elefante, encerrarlo durante semanas en una jaula de tales dimensiones que le impida moverse un solo paso. Es atado, golpeado en la cabeza reiteradamente y privado de sueño, comida y agua hasta que no puede mostrar el más mínimo grado de oposición a cualquier orden recibida, momento en el que se considera «roto» el espíritu y, por lo tanto, domesticado. (Si no quieres ser partícipe de esta barbaridad, evita acudir a espectáculos donde se obliga a los elefantes a jugar al fútbol, pintar un cuadro, o pasear turistas a sus espaldas durante horas, y así evitarás que se sigan maltratando animales para emplearlos en el sector turístico).

En Elephant’s World los elefantes pasean plácidamente en un entorno natural, libres de ese tipo de experiencias, y los voluntarios ayudamos a compensar una pizca de todo lo que ellos han trabajado para el ser humano. Esto es sólo un ejemplo de que hay otras formas de disfrutar de estos maravillosos seres, y ante la creciente demanda de un turismo responsable y sostenible, cada vez son más las agencias que ofertan pasar el día cuidando de los elefantes, no haciéndoles trabajar. A lo largo del recorrido intentamos que nuestros visitantes tomen conciencia de estas situaciones, evitando así cualquier turismo que ampare una forma de maltrato animal.

Una vez finalizada la jornada, que no suele ser excesivamente dura salvo por el intenso calor, siempre hay algo de tiempo libre. Si es fin de semana, nos acercamos a algún mercadillo local. Otras veces, los voluntarios nos vamos a «flotar en el río». Algún coche nos lleva unos kilómetros río arriba y equipados con nada más que un chaleco salvavidas por persona, nos metemos en el agua y nos dejamos arrastrar por la corriente hasta llegar de nuevo a la orilla del santuario.

El trabajo de mahout no está socialmente valorado, siendo equiparable al de recogedor de la basura

La mayoría de las noches, mahouts y voluntarios pasamos grandes momentos juntos, ya sea jugando al ping pong, a cualquier juego de cartas, al karaoke, o simplemente tomando unas cervezas en torno a una mesa hablando de nuestras vidas o de lo que surja. No hay más entretenimiento que nosotros mismos, y nos reímos a carcajadas. Son noches memorables. Cuando vas a estar un mes allí esperas que los momentos más especiales sean los que pasas con los elefantes, pero lo cierto es que los recuerdos que me vienen a la mente cada día son los inolvidables ratos que disfruté con esa gente.

Los voluntarios tenemos muy buen ambiente y un estilo de vida más o menos similar. Occidentales que, cada uno con su motivación, han decidido hacer un voluntariado con elefantes en Tailandia. Pero los mahouts son realmente diferentes.

Son gente local, unos tailandeses y otros karen. Los karen son una etnia o grupo social del sudeste asiático, afincada mayoritariamente en Birmania, país con el que llevan años en guerra civil reclamando derechos sociales y culturales. Se estima que entre seis y siete millones de karen viven en Birmania, y alrededor de 300.000 en la vecina Tailandia. 140.000 miembros de esta etnia se han refugiado en suelo tailandés huyendo de la guerra y las violaciones de Derechos Humanos por parte del régimen militar birmano.

Miles de karen han nacido en Tailandia, pero una compleja legislación, la falta de recursos y la apatía del Gobierno tailandés provocan que muchos de ellos no vean nunca reconocida su ciudadanía, quedando así como apátridas. Sin pasaporte, no son atendidos en el hospital, no tienen derecho a la propiedad y no pueden salir de su distrito, pues serían arrestados. Tampoco se les garantiza el derecho a acudir a la escuela o a un salario justo por su trabajo. Además, seas tailandés o karen, el trabajo de mahout no está socialmente valorado a pesar de cuidar del animal más emblemático de Tailandia. Su reconocimiento es equiparable al de un recogedor de la basura y el salario es bajo.

Si sabemos todo esto no es porque nos lo cuenten los mahouts, sino que es la propia ONG la que da una charla informativa para que conozcamos la situación social de nuestros compañeros de trabajo. Ellos jamás hablan de esta problemática, dándonos día a día una lección de cómo ser felices con muy poco, en ocasiones sin poseer ni siquiera identidad legal.

Yo les admiro por la alegría que transmiten continuamente y me siento agradecido por poder compartir momentos tan buenos con los mahouts. Al fin y al cabo, nosotros estamos aquí por decisión personal, se puede decir que de vacaciones. Llegamos con nuestras mochilas en las que no nos falta de nada a pasar unas semanas con elefantes, y después nos marchamos a otra parte del mundo para seguir viajando o para retomar nuestras vidas, en las que hay un lujo que ni siquiera llegan a imaginar. Mientras, ellos, algunos de los cuales no han ido a la escuela, o han tenido que luchar en una guerra civil, se quedan aquí, sin posibilidad de desplazarse por el país en el que han nacido porque pueden ser arrestados. Y, a pesar de todo esto, se muestran abiertos contigo y te regalan días y noches inolvidables, a sabiendas de que en un mes tú te irás y les dejarás, generalmente, para siempre. El día de tu despedida te desean buena suerte con una sonrisa y lo único que preguntan es: «¿cuándo volverás?».

En varias ocasiones me pregunto cuántas personas tienen el privilegio de pasar un día a solas con un elefante

Con el paso de las semanas, he llegado a tener una gran amistad con uno de ellos, Tee Rantee. Lo normal es que cada mahout tenga a su cargo un solo elefante pero, la última semana de mi voluntariado, ante la ausencia temporal de dos cuidadores, Tee tiene a su cargo tres animales y yo quiero pasar más tiempo con él que con los visitantes. Excepcionalmente, me liberan de mis tareas típicas como voluntario y me regalan la oportunidad de ayudarle, si es que soy capaz de aportar algo. Me asignan el cuidado de Gaina, siempre asistido de cerca por mi maestro.

Por las mañanas le acompaño a buscar a los elefantes al bosque donde se les lleva a dormir cada noche. Guío a Gaina hasta la zona de alimentación, donde me encargo de que reciba su cesta de fruta partiendo las sandías más grandes y pelando las mazorcas de maíz. Al terminar su desayuno, la conduzco hasta el río, donde bebe y se relaja en el agua. Luego ayudo a Tee a preparar el sticky rice para sus elefantes. Tras la comida, nos dirigimos a la piscina de barro. Me baño con ella en el río y, cuando la dejo en el bosque por la tarde, pienso en los momentos de película que estoy viviendo.

A decir verdad, Gaina conoce su rutina a la perfección y la cumple rigurosamente, mientras yo me siento un privilegiado como su nuevo «cuidador». No faltan las risas y comentarios cómicos del resto de voluntarios y los verdaderos mahouts, quienes me han rebautizado como Gaina mahout, a lo que yo solo puedo responder agradecido por semejante honor. Emocionado, desempeño lo más dignamente mi nuevo papel, consciente de que no sé nada de cómo manejar un elefante excepto las órdenes básicas de control, pero procurando que un mahout de verdad esté cerca en todo momento. En varias ocasiones me pregunto cuántas personas tienen el privilegio de pasar un día a solas con un elefante.

Así son mis últimos días en Elephant’s World, como Gaina mahout. Paso el máximo tiempo posible con los elefantes, los voluntarios, los cuidadores y todas las personas de la organización con las que he vivido un mes. Han convertido mi voluntariado en una experiencia vital inolvidable que, por más que trate de describir, has de vivir tú mismo si tienes la oportunidad.

Algunas de las personas que han pasado por allí, no sólo voluntarios sino también visitantes diarios, afirman que han sido los mejores días de su vida. Otros voluntarios aseguran que te cambia para siempre. Tienen razón. Algo es distinto en ti cuando te marchas. Aprendes mucho: no sólo de elefantes, sino de personas, incluido tú mismo. Comprendes lo que de verdad tiene importancia y lo que no.

Han pasado ya unos meses desde que volví y cada día se me vienen a la mente recuerdos vividos allí. A diario, mi cabeza pasa en algún momento por Elephant’s World, confirmándome, por si no lo sabía, que ha sido la mejor experiencia de mi vida. Por mi mente salta la pregunta que me hicieron los mahouts al partir—«¿cuándo volverás?»—queriendo encontrar la oportunidad de visitarles y devolverles, de algún modo, una parte de todo lo que me dieron.

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Siempre agradecido,
Gaina mahout