Se nos va el siglo XX

El 12 de enero de 2016 me desperté temprano. Las vacaciones de Navidad acababan de terminar y, como ya viene siendo normal, había dejado aparcados todos mis trabajos de la universidad. Con el único apoyo de una taza de café al lado del ordenador, me dispuse a regresar de nuevo a la mundana realidad y despedirme definitivamente de la evasión de las vacaciones. Pero antes un poco de banda sonora.

Recordé el nuevo disco que acababa de sacar David Bowie y decidí escuchar Lazarus, su último single. Sin embargo, era una canción demasiado potente para las ocho de la mañana y, cuando terminó, preferí volver a un clásico más acorde con la hora y me puse Starman mientras daba un trago al café. Fue en ese momento, cuando entré a leer el periódico y vi la primera noticia de la columna derecha.

«Muere David Bowie a los 69 años». Leí el título de la noticia una y otra vez mientras aún sonaba de fondo la canción del astronauta. Lo busqué en varias webs esperando que fuese un bulo, una especie de día de los inocentes, pero incluso la Wikipedia me lo certificaba. David Bowie había fallecido el 10 de enero a las puertas de los setenta a causa de un cáncer de hígado.

Leí el título de la noticia una y otra vez mientras aún sonaba de fondo la canción

Aunque no había sido uno de mis músicos predilectos -puesto que ocupan desde hace años Pink Floyd, Dire Straits y REM- el Camaleón del Rock ocupaba un lugar muy importante para mí. Lo había descubierto durante la carrera a través de Spotify y por méritos propios se coló sin permiso en mis listas de reproducción, en mis discos y en mi antiguo MP3, recordándome siempre con sus canciones aquella época estudiantil. Tras leer la noticia, supe al instante que el mundo había perdido a uno de sus genios más preciados.

Pero, como muchos sabrán, no todo acabó ahí. Cuatro días después falleció Alan Rickman, un actor inglés muy querido por el público. Yo, como casi todos los niños de los 90, crecí junto a los libros de Harry Potter y este actor consiguió interpretar a la perfección a uno de los personajes más importantes de la novela, Severus Snape. La noticia de su muerte también me sorprendió pues, durante las navidades, había visto la entrevista que le hizo BAFTA, la Academia de Cine Británico, a través del canal TCM, y ello me descubrió a un hombre verdaderamente amable, tranquilo y cariñoso.

Y por si fuera poco, unas semanas después llegó la guinda sobre el pastel. El 19 de febrero se fue también uno de mis héroes en el campo de las humanidades, un hombre al que admiro mucho y al que leí bastante durante mis estudios de Historia del Arte, el italiano Umberto Eco. Fue entonces cuando comencé a darme cuenta de una amarga realidad que ya iba sospechando desde el año pasado. Lentamente y sin aviso, se nos va el siglo XX. Pensamos que todo terminó en 1999, con los miedos a una revolución tecnológica, el colapso de todas las redes y con los ordenadores estallando… Pero no.

Y ya que se está extinguiendo ante mis ojos, voy a meter en una caótica coctelera todo lo que para mí es el siglo que nos deja.

El siglo XX estuvo marcado por los cambios, por las revoluciones y por varios picos de gran inestabilidad que influyeron en la sociedad del momento.

Ya desde las primeras décadas se empezaron a asentar las bases de la contemporaneidad

Ya desde las primeras décadas se comenzaron a asentar las bases de la contemporaneidad. Ejemplos hay muchos: en los primeros años culminó la Segunda Revolución Industrial, que continúa su marcha inexorable hasta nuestros días. Pablo Picasso reinventó para siempre la historia del arte al desapegarse de toda la tradición pictórica precedente al negar la perspectiva y el realismo. La Revolución Rusa puso por primera vez el comunismo en el mapa, y la Primera Guerra Mundial marcaría un capítulo importante en la historia de los conflictos militares. Sus consecuencias determinaron la época de bonanza de los “Felices Años 20” hasta el crack del 29 y la Segunda Guerra Mundial.

La victoria de las fuerzas aliadas en este segundo conflicto hizo necesario el nacimiento acelerado de diferentes organizaciones, cuya función principal era y es evitar que se vuelva a producir una catástrofe como las anteriores. Así, surgen las Naciones Unidas, la OTAN, la OMS, la UNICEF, la UNESCO, la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Pero no sólo ocurrió un cambio a nivel gubernamental, también la sociedad se movilizó: el movimiento hippie iniciado en Estados Unidos durante la década de 1960, que emerge como respuesta contra la Guerra de Vietnam y contra una posible guerra nuclear.

Estos chicos luchaban por la democratización de la cultura […] bajo el eslogan Llevemos la Gioconda al Metro

Los cimientos del mundo cultural también se tambalearon en este momento. Los jóvenes de 1960 comenzaron a cuestionarse sobre el verdadero significado de la cultura, surgiendo movimientos estudiantiles como los de Mayo de 1968 en París. Estos chicos luchaban por la democratización cultural, buscando arrancarla de los viejos museos, los teatros nacionales o las óperas donde se reunía la alta burguesía y acercarla a las personas para que pudieran disfrutarla, bajo el eslógan «Llevemos la Gioconda al Metro».

El mundo del arte buscaba una nueva capital, pues Europa estaba a otros asuntos después de la Segunda Guerra Mundial, y se estableció en Nueva York de la mano de una nueva corriente de artistas estadounidenses: Jackson Pollock y los expresionistas abstractos. El neorrealismo italiano se apoderó del cine mostrando un país empobrecido y sin recursos en películas como Roma, città aperta de Roberto Rossellini o la maravillosa El ladrón de bicicletas de Vittorio de Sica. La música se volvió eléctrica y vibrante, lejos del blues y el jazz, naciendo nuevos estilos como el rock, el heavy metal o el pop, destinados a un público joven.

Todos estos acontecimientos generaron un estrato sociocultural que contaminó a todos los intelectuales del momento, tal vez no directamente pero sí de manera transversal. Al igual que no se entendería la llegada del hombre a la luna sin la carrera espacial en plena Guerra Fría, es necesario conocer las repercusiones que hubo tras la Segunda Guerra Mundial y la tensión democracia-comunismo para comprender el potente simbolismo de la caída del muro de Berlín.

En cuanto a la literatura, en los años 1960 y 1970 un grupo de jóvenes autores latinoamericanos, como Julio Cortázar o Mario Vargas Llosa, triunfan con sus novelas modernistas. Rebelión en la Granja de George Orwell satiriza la Revolución rusa y el triunfo del estalinismo, Por quién doblan las campanas trata la Guerra Civil Española de la manera que la vivió su autor, Ernest Hemingway, usando personajes mundanos como protagonistas para mostrarnos que cualquiera puede ser víctima del desastre.

Las repercusiones del siglo pasado fueron tan relevantes que el siglo XXI vive aún de la herencia de su antecesor. Pero ahora, los maestros y los genios que nacieron y se formaron junto a esos movimientos están empezando a desaparecer. Gabriel García Márquez, Nelson Mandela, Harper Lee, Michael Jackson, Carlos Fuentes, Paco de Lucía, Joe Cocker, Steve Jobs, Lou Reed, Luciano Pavarotti, José Saramago, Satoru Iwata, Billy Wilder, Neil Armstrong, Ingmar Bergman, Chavela Vargas, Lucio Dalla, Christopher Lee… y ahora Bowie, Rickman y Eco. Y tantos otros.

¿Qué nos depara el siglo XXI? ¿Seremos capaces de competir con nuestros predecesores?

¿Qué nos depara el siglo XXI? ¿Seremos capaces de competir con nuestros predecesores? Los Rolling Stones, Bruce Springsteen y AC/DC seguirán llenando estadios, el tándem Steven Spielberg y John Williams aún depara éxitos y la poesía de Leonard Cohen sigue en pie pero ¿hasta cuándo nos durará? Viendo los cauces por los que van la música y el cine comercial, en verdad da miedo.

Pero no todo es melancolía y añoranza, pues mientras escribo estas líneas recuerdo las grandes proezas que nos han dado estos últimos 16 años. Si en el futuro se nos tiene que tiene que recordar por algo, sin lugar a dudas será por el fenómeno de Internet.

Hoy el conocimiento y el saber están al alcance de todo el mundo. Puedes aprender a tocar un instrumento, a pintar, a programar, incluso puedes ir a la universidad desde tu ordenador. Pero no sólo eso, también ha hecho más sencillo que antes el poder destacar, las barreras son cada vez más bajas y puedes dar a conocer tus ideas y proyectos al mundo sin poner fronteras a la creatividad.

Y llego, por fin, al concepto que pienso que está marcando estas primeras décadas de siglo XXI y con el que quiero finalizar. Internet se ha hecho un hueco especial entre los jóvenes y éstos han aprendido a utilizarlo a su favor aprovechando su creatividad a través de las herramientas que les facilitan, recordándonos por qué el arte y la cultura son el fenómeno más humano de todos. Hablo, cómo no, de los Indies. ¡Pero ojo! No del gafapatismo, de las camisas de cuadros y de las frondosas barbas decimonónicas que hablan un lenguaje demasiado extraño. No, hablo de los otros indies, alternativos si preferís, jóvenes que han desarrollado proyectos artísticos y diferentes manifestaciones de esta índole y que, gracias a internet, han podido acceder al gran público, siendo incluso subvencionados vía crowdfounding o micromecenazgo, eliminando el obstáculo de la comercialidad. En todos los terrenos se ha colado esta actividad: libros, música, cine. Incluso se ha popularizado en la ilustración, la novela gráfica o los juegos de rol.

En los últimos años se ha afianzado la que, según mi opinión, es la expresión artística propia del siglo XXI, los videojuegos

Pero también en los últimos años se ha afianzado la que, según mi opinión, es la expresión artística propia del siglo XXI, los videojuegos. Sé que algunos inclinaréis una ceja al leer esta afirmación, pero estamos en los albores de una nueva disciplina que seguirá creciendo y madurando con el paso de los años. Obviamente, al decir videojuegos no lo digo por títulos tipo Call of Duty o de disparos. Hablo de joyas como Shadow of the Cholossus, Red Dead Redemption o Dark Souls, juegos en los que encarnas a un personaje, compartes sus historias, le ayudas, te alegras cuando consigue sus objetivos y te apenas cuando fracasa porque, en realidad, el protagonista eres tú mismo sólo que con el disfraz de otra persona. O incluso todo lo contrario, videojuegos como obras conceptuales de nuevos artistas que han convertido este medio interactivo en su lienzo, como Pixel o Liz Ryerson. Los videojuegos están acaparando tanta atención últimamente porque estamos comenzando a ver todo su potencial como forma de arte activa en lugar de pasiva como el cine o la lectura y en esta fiesta los creadores independientes ocupan una posición importante con títulos como Cave Story, The Path o The Banner Saga.

Otro día hablaremos de los videojuegos, pero aún hay más. La popularización y la calidad de las series de televisión, las nuevas formas de disfrutar del cine, la accesibilidad de libros para leer en cualquier formato, las muestras culturales a pie de calle, los grafitis que se exponen a los ojos de los viandantes… Puede que aún estemos arrancando, pero no cabe duda de que pronto llegarán los nuevos genios del siglo XXI. ¿Quién sabe? A lo mejor ahora mismo están gateando, a lo mejor no han nacido o ni siquiera están pensados. Pero una cosa es cierta, no los esperéis a través de los medios tradicionales porque, sí amigos, se nos acaba el siglo XX.