Verano del 42

«And that house of there, that was her house. And nothing from that first day I saw her,
and no one that has happened to me since, has ever been as frightening and as confusing.
For no person I’ve ever known has ever done more to make me feel more sure,
more insecure, more important, and less significant.»

Hay otro verano del 42 sobre el que me encantaría escribir y casi lo hago, pero no es éste. Aquél cambió el curso de la humanidad y este otro se repite generación tras generación. Los dos durarán para siempre: uno es parte de la historia y el otro todos lo llevamos con nosotros aunque sabemos que no puede repetirse. Escribo este artículo fruto un poco de la nostalgia y otro tanto de las ganas de emociones que a buen seguro deparará el estío. Aunque ya no corra como antes.

El título es el de una novela de Herman Raucher que Robert Mulligan hizo arte. No crean que les hablo de una obra maestra del cine, qué va. Es cine, simplemente cine. Lo que esta cinta contiene es el primer verano de nuestras vidas, o tal vez el último, una mirada a aquellos tiempos de cambio, descubrimiento e iniciación. Su gran mérito, el sabor a verano y una sensibilidad desmedida. Un onírico manual sobre como rodar acerca de la pérdida de la inocencia lejos de la banalidad de las obras modernas. Con un presupuesto ridículo y la sencillez de Mulligan por bandera, se despliega ante nosotros una conmovedora historia en la que destaca su poderosa fotografía. La envolvente música ayuda a conformar el tono nostálgico, el ritmo lento y evocador que la convierte en una película casi contemplativa que se construye con detalles, silencios y una profunda reflexión.

Y luego está ella. Magnética. Egoístamente bella. Dulce y morena, con el rostro almibarado y un encanto que se desborda. La graciosa joven es Jennifer O’Neill, de quien todos nos enamoramos un día cuando aún no le habíamos quitado el precinto al corazón. Ella es el primer gran amor adolescente que no se olvida, que surgió de pronto cogiéndonos por sorpresa y sin entender muy bien qué es lo que ocurre, más cerca de la imprudencia que del imprevisto. Usted y yo soñábamos cogerla de la cintura, rozar sus dedos y gritar su nombre desde el balcón para contrarrestar la vergüenza de tantas cosas que sabíamos se quedarían sin decir a pesar del verano. En nuestra triste alegría de verla tomábamos conciencia de que nada más tendría sentido lejos de su presencia. Aquel amor era distinto a todo, de una intensidad tal que nos resignábamos a vivirlo de perfil, incapaces de asumir la calidez de esa mirada. En nuestro verano del 42, Jennifer O’Neill fue la musa de todos los deseos.

Nunca fue fácil crecer ni saltar a lo desconocido. Frente al habitualmente vertiginoso ritmo de los veranos, parecía haber algo en 1942 que lo detenía por momentos de dudas y preguntas, de falta de aliento y rituales prohibidos. Las brújulas de explorador seguían buscando aventuras como los años anteriores, pero ya no estaban en el norte. Hubo un verano lleno de malentendidos, rico en impericias y pleno de vivencias. Fue el de 1942, cuando todo cambió a fuerza de situaciones que permanecerán inmutables en nuestra memoria y que seguirán repitiéndose hasta el confín de los tiempos. Ahora que los días de verano caen algo más plomizos y la diversión es mucho más predecible y menos trepidante que entonces, visionar la cinta de Mulligan despierta mi empatía, me llena de hermosos recuerdos y me anima a abrir los brazos a estos meses que se avecinan cargados de vida. Quizás sea un ingenuo al creer que el verano regresa para amar a Jennifer O’Neill, pero lo hago. Por eso me gusta tanto esta película, porque cada uno tenemos nuestro verano del 42, cuando el verano aún tenía prisa y un beso… era un beso.

«I was never to see her again. Nor was I ever to learn what became of her.
We were different then. Kids were different. It took us longer to understand the things we felt.
Life is made up of small comings and goings. And for everything we take with us,
there is something that we leave behind.»

Verano del 42 (1971)