La piel verde

Hay una frontera perfectamente definida que separa de forma violenta la zona norte del resto de España, pintada machaconamente de tonalidades verdes de todas las intensidades y que, con su piel siempre verde, verdea sin cesar toda la expresión geográfica del territorio. Es, para el viajero venido de otros lugares, el encuentro inesperado con un idílico espacio de frescor y solaz. Es el regazo apaciguador donde se orean ansias secas y áridas de otras latitudes menos agraciadas de paisajes acogedores. Para el nacido en la zona, es poder ostentar el título de esa bendita propiedad con el orgullo de saberse agraciado desde su nacimiento por una distinción al alcance de pocos.

Dentro de esa franja, perteneciendo a ella por derecho propio, está, preponderante, Cantabria.

Hasta hace bien poco tiempo tuve a mi Cantabria arrinconada en una esquina de los atrojes, sin darme apenas cuenta de que este valor siempre paciente y silencioso estaría a la espera de ser reconocido y disfrutado en todo su esplendor por los que, como yo, tuvimos que salir en otro tiempo a la búsqueda de mejores pastos.

¡Qué reconfortante es poder redescubrir sus aromas, el perfil de su geografía y el sabor de sus frutos cuando, en otros tiempos, mis sentidos, que nacieron junto a ellos, daban escaso valor a tanta magnificencia! Solamente un contrapunto como es no poseerlo recupera su valor auténtico.

Y, ahora, cercano el final del tránsito por la vida, el reconocimiento está llegado. Después de recorrer un mundo áspero de piel e ingrato de condición y habiendo conseguido sobrevivir hasta el final del camino por el que me afané, solo queda recostarme plácidamente en mi rincón rodeado de verdor, quieto, susurrante y soñador. No hago alardes de distancias, no traspaso límites antaño recorridos, no me esfuerzo en pisar excesos ya transitados. Me quedo con el pensamiento de los recuerdos vividos en otro tiempo.

Despertar en Cantabria es tener en mi poder la llave de la naturaleza absoluta

Porque recordar… ¡Queda tan poco tiempo para recordar! ¡Hay tan poco espacio que recorrer! Pero ese tiempo y espacio los estoy ampliando hasta límites desconocidos para mí, porque ahora, cuando puedo rodear mi existencia con mis propias manos, cuando puedo dominar libremente mis movimientos, cuando soy auténticamente yo, es cuando esa actitud cobra un valor excepcional. Aquella fue toda una vida destinada a crear un fondo de inversión que sería recuperado en su tiempo con los intereses de la experiencia y la alegría de haber llegado a disfrutarlo.

Despertar en Cantabria es tener en mi poder la llave de la naturaleza absoluta: el frescor de las escarchas matutinas; la vida vegetal que nace constantemente con el arrebato de la juventud siempre nueva, donde todo se hace silvestre como sus moradores continuos, impregnados hasta la médula de su jugo crónico; la imantación involuntaria pero consentida de ese estilo de vida dura, elemental, primitiva, tenue y lenta que me arrebata de mis antiguas maneras…

Degustar en Cantabria es nutrirse con frutos que nacen junto a mí, nuevos, recién paridos, sin andadura alguna que mitigue su inmaculado nacer. Es el estreno continuo de un yantar que no necesita aprender, porque sabe en sí mismo.

Ser andador en Cantabria es caminar con mirada estirada para no perder un ápice los ángulos que regala cada recoveco de su paisaje, siempre verde, siempre fresco, siempre pintoresco, siempre regalado…

Ser dormidor en Cantabria es acurrucar el sueño en un rebujo de hierba recién cortada, de aires con olor a boñiga cercana y de silencios solo rotos por el ladrido lejano de un perro que vigila algo que intuye poco fiable.

Ser vividor en Cantabria es haber sabido elegir un lugar especial para estar de nuevo en el pueblo donde nací y donde espero recostar definitivamente mi yo en ese afán que la naturaleza me va pidiendo día a día, sin más exigencia que saber hacerlo.

Solo queda, por tanto, volver la vista al rincón elegido para sentar el ánimo y admirar la piel verde que me rodea, dentro de unos horizontes limitados por los montes y las nieblas que empatan conmigo en sobriedad. Es el retiro, a veces plácido, a veces inquieto, a veces triste, de alguien que ha llegado a programar un futuro de esperanza corta pero intensa, animosa pero lánguida, porque se va perdiendo poco a poco entre el alba y el ocaso de cada día.

Queda, no obstante, la piel verde, siempre viva, casi perpetua, con las protuberancias arbóreas que la adornan, con las especies aladas que la acompañan, con el susurro incesante del río que la nutre, con el viento suave que balancea su condición de ser vivo…

Y yo, impenitente saboreador de tanta naturaleza, lleno mi espacio vital de esa belleza que me ayuda a olvidar pensamientos antiguos que ya no considero míos.