La importancia de un bar

Me tomo un té rojo mientras escribo estas líneas para conseguir que ambienten mi artículo en un frio día de invierno, de modo que invite a adentrarse en un pub inglés a media tarde. Y no un pub cualquiera, The Eagle’s Pub, en Cambridge. Para entrar en materia habría servido igual una pinta, ojalá una Abbot Ale, que era la cerveza que allí bebía. Y, ahora que lo pienso, probablemente habría sido mejor opción; ya saben que dicen que los escritores (sobre todo británicos) encuentran mayor inspiración en unos cuantos grados de alcohol. Si no, que se lo digan a Dylan Thomas, cuyas cartas de amor son de las mejores que he leído y, que no se escribieron precisamente en estado de sobriedad.

El mes de diciembre en Cambridge es tan húmedo, gris y —ciertos días— colorido, como se puedan imaginar; todo ello enmarcado en un clima de bicicletas, cerveza, maletines satchell de cuero y chaquetas de tweed con coderas. Con un poco de suerte, cuando la temperatura no es demasiado baja, nieva. No lo bastante como para dejarte incomunicado en tu casa, pero lo suficiente como para pasear y contemplar la piedra de los antiguos colleges manchada de blanca nieve.

Iba a clase por las mañanas […], comía un sandwich en la escuela, hacía la compra cuando salía y por la tarde alternaba paseos por la ciudad, o tal vez visitas a alguna librería o tienda de ropa

Pues bien, allí estaba yo un invierno de 2011, mejorando mi inglés como la mayoría de españoles que se pasean por Gran Bretaña hoy día. No era mi primera vez en Inglaterra, pero sí la primera que pasaba allí tanto tiempo, y no (sólo) como turista, sino dispuesta a vivir una verdadera experiencia desde dentro. Como una habitante más de la ciudad: iba a clase por las mañanas con un café y esa encantadora llovizna inglesa (chirimiri, solemos llamarla por aquí), comía un sándwich en la escuela, hacía la compra cuando salía y por la tarde alternaba paseos por la ciudad, o tal vez visitas a alguna librería o tienda de ropa. Alquilé una bici; pues la ciudad no es excesivamente grande pero, por un lado, entre los estudiantes es común ese medio de transporte; y por otro, además de llegar antes a todas partes, parece que the british atmosphere invita a ello.

Y, siempre, me reunía con mis amigos en un pub del centro.

Tampoco era la primera vez que me proponía aquello. Ya lo había hecho anteriormente en Dublín, donde había comprobado que una parte fundamental de la vida se desarrollaba en los bares. Puedes entrar en ellos como turista, pero en ese caso lo más probable es que pruebes uno nuevo cada día, explorando las distintas zonas de la ciudad. Sin embargo, si algo caracteriza a los habitantes que residen de forma permanente, es que suelen ir casi siempre a los mismos bares. Y yo encontré mi bar en Cambridge, The Eagle’s Pub.

No me entiendan mal, no hace falta irse tan lejos para descubrir algo así —sobre todo si provienes de una ciudad repleta de bares como Salamanca— pero cuando sales de tu casa empiezan a interesarte las historias de cada lugar que pisas, su pasado y todos los hechos relevantes que hayan podido ocurrir allí. Podría decirse que la curiosidad se acrecienta y nuestras ansias de conocimiento aumentan. No te limitas solo a entrar y pedir la consumición, sino que intentas ahondar un poco más en los antecedentes del sitio en el que estás, averiguando cuándo se abrió, qué personajes ilustres pasaron por allí, o si esconde algún misterio sin resolver. Por eso recomiendo siempre viajar.

Tras visitar algunos colleges, entré por casualidad en el pub más cercano para resguardarme de la lluvia inglesa

Pues bien, volviendo al invierno de 2011, la segunda tarde después de llegar, tras visitar algunos colleges, entré por casualidad en el pub más cercano para resguardarme de la lluvia inglesa. Fue la primera de muchas maravillosas tardes y noches en The Eagle’s Pub. Me fascinó nada más entrar, aún sin saber la historia que escondía tras sus muros. Dividido en varias estancias, dos pisos y un jardín interior, cada habitación conserva su encanto. En la inscripción de la entrada puede leerse la siguiente leyenda:

«Mientras investigaban sobre el ADN, a principios de los años cincuenta, dos investigadores del cercano laboratorio Cavendish, Watson y Crick, venían al The Eagle a discutir sus teorías mientras se refrescaban con pintas de cerveza.»

Y allí fue donde anunciaron el 28 de febrero de 1953 el éxito de sus estudios y abrieron nuevos caminos para todo el mundo científico al descifrar la doble hélice del ADN.

Esa parte de la historia la había leído antes en mi guía de viaje de Cambridge e Inglaterra. También leí que en ese bar pasaban mucho tiempo escritores tan ilustres como J.R.R. Tolkien. Sin embargo, y no me tilden de superficial, no es eso lo que me llamó la atención y me motivó para escribir este artículo. Tengo una idea un poco más romántica de las historias en los pubs.

Como digo, el pub me fascinó nada más entrar, aunque no me sorprendí a mí misma, pues ya en España me gustaba entrar en pubs irlandeses o de estilo inglés. Aquel, en cambio, era diferente. Taberna del siglo XVII, conservaba el olor a cerveza y a madera antigua, incluso al humo de pipas de tabaco; olor a hierba mojada que provenía del patio, a té recién hecho a las 17h y a papel de periódico. En sus paredes se podían ver inscripciones, palabras tachadas, firmas, iniciales; todas ellas escritas con manchas del humo de mecheros o velas que en aquel momento no podía ni imaginar de qué se trataban pero que, a pesar de esta parca descripción, no daban aspecto de dejadez ni de abandono, al contrario. Esas palabras eran parte del local tanto como lo eran sus sillas, sus perfectas tacitas de té de porcelana, sus pintas de cerveza, o los artículos de aviación que había por todas partes. Todo era parte del Eagle, no sobraba ni una palabra.

Entonces fue cuando me contaron la verdadera historia del pub. O al menos la que me gustaría recordar. Sea fantasía o realidad, en mi mente será tan real como el sabor de la Abbot Ale que allí probé.

Al revisar mi preciada Canon, fue cuando me percaté de las inscripciones del techo y las paredes

Aquella tarde yo había ido con una amiga española, una portuguesa, un brasileño y un andaluz (no, no es un chiste). Estábamos allí, comentando las clases interminables de nuestra enigmática profesora de inglés que sorprendentemente se parecía mucho a la profesora Trelawney de Harry Potter, como algunos recordarán, y planeando una visita a Londres. A mi amiga, muy fan de las fotos, se le ocurrió hacernos una para inmortalizar el momento, y al revisar mi preciada Canon, fue cuando me percaté de las inscripciones del techo y las paredes. Entonces nuestro compañero andaluz nos contó la historia que están a punto de leer. Él la había descubierto antes de llegar a la ciudad. Su emocionante pasado, que les contaré algún día con más calma, le había llevado a conocer los rincones más recónditos de este mundo y en sus viajes había aprendido tanto que parecía que cuando hablabas con él recibías una clase de historia de las civilizaciones.

Durante la Segunda Guerra Mundial, los pilotos de la RAF que iban a combatir, antes de embarcar en el aeródromo de Duxdorf dejaban allí sus inscripciones. Mensajes de despedida, algo para que los que allí quedaban pudieran recordarles en su ausencia, ya fuera esta temporal o, en el peor de los casos, definitiva.

Podría decirse que era una versión elegante de las firmas que ahora se pueden leer en las puertas de los baños de los bares. Esas personas querían dejar su huella en el último lugar en el que iban a estar antes de partir a la batalla. Quizá, pensarán algunos, ahora mire las firmas de las puertas de los baños de un pub a media noche con otros ojos… Pues no, no se hagan ilusiones, a mí no me ha ocurrido tal cosa.

Volviendo a la historia, entre julio y octubre de 1940, las fuerzas alemanas pretendieron destruir la Royal Air Force con el propósito de invadir posteriormente Gran Bretaña. Desde el aeródromo de Duxdorf salían varios escuadrones encargados de proteger el cielo de The Midlands, Anglia oriental y Londres. La llamada Batalla de Inglaterra se desarrolló íntegramente en el aire y muchos de los pilotos que en ella combatieron pasaron primero por el pub sobre el que escribo. De ahí que toda la decoración del bar girase en torno a la aviación.

No entraré a detallar datos históricos sobre la guerra, puesto que, sobre esta en particular ya se ha escrito bastante. No es eso lo que me atraía del Eagle, si no el hecho de que personas que iban a enfrentarse cara a cara a la muerte dejasen escrito en paredes y techos sus últimas palabras, o las que ellos pensaban que podían ser las últimas. Que en esas habitaciones hubiesen compartido con compañeros de batalla sus temores, sus opiniones sobre un mundo que estaba cambiando; despedidas de las personas que allí dejaban. Esas paredes les acompañarían durante todo su vuelo, esperando poder volver a verlas.

Me gusta pensar que en la mesa en la que estoy compartiendo mi cerveza han podido ocurrir cosas tan significativas como las que les he contado

Me gusta pensar que en la mesa en la que estoy compartiendo mi cerveza han podido ocurrir cosas tan significativas para otras personas como las que les he contado. Y, quizá, es el hecho de pensar que detrás de cada bar, librería, tienda, etcétera, existe una historia digna de ser contada, recordada, lo que me hace entristecer cada vez que uno de estos establecimientos que podríamos considerar clásicos cierra. Algo que, desgraciadamente ocurre frecuentemente y más aún en época de crisis económica.

Así que si me permiten un consejo, cuando viajen, adéntrense en las historias que puedan encerrar lugares que a simple vista solo son un bar más. No se limiten a los datos que les pueda dar una guía turística. Empápense de toda la cultura que les rodea. No es necesario que descubran un legendario pub con inscripciones de la Segunda Guerra Mundial, basta con que una historia les llame la atención, y les haga recordar ese lugar de una forma especial.

Yo, por mi parte, proseguí mis días en Cambridge y regresé cada noche a ese bar, del que guardo recuerdos que van mucho más allá de este artículo. Mejoré mi inglés y, por si les interesa les puedo contar que aprendí algunas palabras en portugués. Encontré otros lugares fantásticos, un chocolate inglés que creo que importaré en cantidades industriales algún día, aprendí que los ingleses no han olvidado a Lady Di y que contra todo pronóstico, son amables. Fue una ciudad que me marcó (incluso, echo de menos el clima) y eso es algo que no depende de su arquitectura o su historia; puede que dependa más de tu propia historia.