Hecha la ley

El ajedrez es un juego bastante extendido por el mundo: en parte porque jugadores de todos los niveles comienzan con los mismos recursos y se enfrentan bajo unas reglas comunes.

Un primer problema surge a medida que profundizamos en esas reglas porque, dependiendo del conocimiento que se tenga del juego, no todos los participantes pueden recitar de memoria las condiciones que obligan a un empate o qué es exactamente comer al paso. Sin embargo, en ciertos casos no solo es suficiente con conocer todas las normas y su objetivo, sino que también resulta importante saber exactamente la redacción que aparece en el reglamento oficial.

Una regla que fue mutando a lo largo de los años fue la de promoción o coronación, que permite que un peón que alcanzó el extremo se transforme en otra pieza que en la mayoría de casos resultaría más útil. En la Edad Media cualquier peón que recibiese una promoción adquiría los movimientos del visir, la figura que por entonces tomaba el rol de dama aunque estaba más limitado en movimiento. En el momento que el visir evolucionó en la dama empezó a extenderse la regla que impedía promocionar a una pieza que no hubiese sido capturada previamente, en parte para evitar que un rey tuviese más de una reina.

En 1862, de mano de la Asociación Británica de Ajedrez, la coronación permitía que el exitoso peón pudiese mutar en cualquier otra pieza del juego, comida previamente o no, o permanecer eternamente como un peón sin más movimientos válidos. La parte de dejarlo como peón tenía cierto sentido, porque podía haber posiciones en las que convertirlo en otra pieza era una derrota segura. Pero el aprovechamiento máximo de la redacción de esta regla se dio en un estudio en el que había que convertir el peón en un caballo del color contrario para ganar la partida. Pocos años después surgió una revisión que obligaba a convertirlo a una dama, torre, alfil o caballo del mismo color que el peón promocionado.

También hay una composición humorística, publicada por Tim Krabbé en 1972, que involucra la coronación de un peón y el enroque. Los requisitos para este último movimiento a menudo se resumen en la siguiente frase: «un enroque es válido si y solo si ni el rey ni la torre involucrados en el movimiento han cambiado de posición con anterioridad, no hay piezas entre medias y el rey no puede comenzar, pasar o terminar en una casilla atacada por una pieza enemiga», siendo un fiel reflejo de la regla oficial de la Federación Internacional de Ajedrez en aquella época. Sin embargo Krabbé encontró un agujero en la norma que aprovechó para la publicación de su problema en el que las blancas ganan promocionando un peón a torre y realizando un enroque a lo largo de todo el tablero. Ese mismo año la regla fue modificada para obligar a que ambas piezas involucradas estén en la misma fila.

Por suerte para los jugadores profesionales de ajedrez, todas esas correcciones se basaron en situaciones teóricas y no sucedieron en partidas reales. Aunque a menudo los cambios en las reglas de un juego ya publicado suelen venir impulsadas por ciertas situaciones que se dieron en un entorno competitivo. Tal fue el caso de Warhammer 40,000 tras el Campeonato Europeo por equipos de 2009.

Estas leyes de Moisés incluyen 620 mandamientos que van desde rezar unos salmos en sus días sagrados hasta lavarse las manos antes de comer pan

Se trata de un juego de miniaturas en el que dos personas encarnan sendos generales de ejércitos enfrentados en un mundo de fantasía futurista. Al comenzar cada partida, los jugadores toman turnos para desplegar sus unidades en extremos opuestos de la mesa de juego y después simulan una batalla entre ambos bandos. En el mencionado torneo un jugador ruso aprovechó la definición de la regla para no situar nada inicialmente. Su plan era esperar a una segunda fase para desplegar todas sus unidades especiales de caballería como refuerzo, aprovechando la gran ventaja estratégica de conocer la posición de las fuerzas rivales.

Esta táctica le sirvió para cosechar varias victorias hasta que se encontró con un jugador francés que le había observado previamente. Como venía haciendo hasta el momento el ruso anunció que no desplegaría ninguna unidad, a lo que el jugador francés replicó colocando muchos exploradores (débiles unidades con la particularidad de que pueden empezar la partida en cualquier posición) en el extremo de la mesa de su rival. Esta acción le haría ganar la partida inmediatamente, ya que no permitía al ruso incorporar a continuación sus unidades de refuerzo y, por tanto, no podía disputar la batalla. La fuerza reguladora del Warhammer 40,000 acabaría en la siguiente edición con esta táctica limitando la reserva a un máximo del 50% del ejército total.

Pero la interpretación de reglas va más allá de los diferentes juegos en las que pueden aparecer: existe incluso un credo basado en antiguas normas cuyos practicantes retuercen para adaptarlas como mejor les convengan. Y no, no me estoy refiriendo genéricamente a cualquiera de las religiones que pueblan este mundo, sino a una muy particular: el judaísmo, que según el diccionario de la Real Academia Española es «la profesión de la ley de Moisés». Estas leyes de Moisés incluyen 620 mandamientos que van desde rezar unos salmos en sus días sagrados hasta lavarse las manos antes de comer pan, pasando por “no creer en otra cosa que no sea Dios”.

Aquí ya detectamos un problema porque son muchas normas y, por ejemplo en esta última mencionada, depende mucho de cómo la interpretemos. Para ayudar a los practicantes, los rabinos llevan siglos, literalmente, discutiendo sobre qué significan algunas y cómo cumplirlas correctamente. Especialmente interesantes son aquellas que tienen que ver con las prohibiciones en sabbat, en concreto aquella que no permite «llevar un objeto de un dominio a otro» sin importar su peso o propósito. Uno de los libros judíos de 6200 páginas define cuatro tipos de dominios: privado, público, semipúblico y el libre; permitiéndose la transferencia de objetos en sabbat si y solo si involucran a este último.

Como esta regla podría resultar bastante complicada de llevar a cabo, existen artículos que están exentos por considerarse parte de la persona: marcapasos, ropa, gafas, etc. También existieron discusiones sobre objetos como un bastón o sillas de ruedas, pero en tiempos recientes las autoridades decidieron permitirlos; de la misma manera las mujeres judías pueden llevar artículos de joyería, aunque los hombres solo pueden llevar un reloj si está a la vista y no, por ejemplo, cubierto por una manga. Lo que sí que está terminantemente prohibido es cargar con objetos sueltos como llaves, a no ser que se lleven como parte de la ropa como por ejemplo en un cinturón. Solo si es parte integral del mismo, se entiende, no valdría por ejemplo colgarlas de un llavero.

Por suerte idearon el concepto de eruv, una especie de puerta que se puede situar a la entrada de las comunidades para hacer que todo lo que se encuentra al otro lado forme parte del mismo dominio y así poder transportar cosas en su interior. Resulta bastante cómodo situarlo en la entrada de la ciudad y así poder olvidarse de dichas prohibiciones mientras se permanezca en su interior. A no ser que un judío quiera abrir un paraguas: eso nunca está permitido en sabbat.

Queda para otro capítulo hablar del sistema judicial y sus, a veces, también divertidas interpretaciones de las leyes.